De sacerdotes, héroes y amigos

Recuerdo que era Viena y llovía. Yo tenía once o doce años y estaba allí con mis padres y mi abuela. El típico viaje familiar pateando la ciudad de arriba abajo. La calle se quedó desierta y la gente se resguardó en las tiendas y los cafés que había a los lados. Los refugios cercanos se masificaron rápidamente y, como ha sido tradición en España durante siglos, sólo nos quedó acogernos a sagrado.

La iglesia estaba en algo parecido a una plazoleta. Y creo que era blanca por fuera. Nos sentamos los cuatro en un banco y descansamos las piernas durante un rato. El edificio estaba casi vacío, salvo por una figura. Allí estaba aquel tipo. Era joven y bien peinado. Llevaba sotana y sus ojos tenían la fuerza necesaria para devolver Jerusalén a la cristiandad.

Nos miró y dijo que el edificio estaba a punto de cerrar. «Perdonen, pero ha ocurrido un imprevisto y tenemos que cerrar antes». Nos miramos extrañados. “¿Cómo ha sabido que somos españoles?”, nos preguntamos. “Si no hemos dicho ni una sola palabra”.

Estuve dando vueltas a aquello durante días. Los libros de Dan Brown habían estado muy de moda por aquel entonces. Esos en los que la Iglesia ocultaba algún secreto milenario y el protagonista tenía que pelear por sacarlo a la luz y demás. Ya sé que son una mierda pero, para un chaval preadolescente que lee todo lo que cae en sus manos, un  thriller es lo que es.

En aquel cura español de Viena imaginé a todos los protagonistas de aquellas novelas. Era el Silas de El Código Da Vinci, el camarlengo de Ángeles y demonios y el cura investigador de La Herejía de Sardou. Era Galcerán de Born y era el templario de Iacobus, la maravillosa novela de Matilde Asensi. Me alejé de la iglesia pensando que la cerraba para un cónclave secreto, o para adorar al Grial, o para tender una trampa a un enemigo. Que la verdad no te estropee una bonita historia.

Unos años después me reencontré con él en las páginas de El nombre de la rosa, como Adso de Melk, y en ciertas historias y folletines de Galdós y Blasco Ibáñez. También en La piel del tambor, la novela de Arturo Pérez-Reverte. Aquel padre Quart, sacerdote y letal asesino al servicio del Papa, me traía de nuevo la cara del misterioso cura de Viena.

De alguna manera, un encuentro tan casual, tan nimio, me marcó para siempre. Aquel físico, aquellos ojos, aquellas formas. Fue la primera vez que encontré en la realidad a un personaje de mis novelas. Un cura no podría ser ya un cura. Sería un agente secreto, un espía o un asesino moviéndose entre la intriga y el misterio, la conspiración y la aventura. Entre lo despiadado y lo bondadoso. Pero jamás un simple sacerdote.

Hace menos de un año, un buen amigo me dijo que pensaba tomar los hábitos. Sí, así sin más. Desde entonces, cuando hablamos del tema, me cuenta las cosas que hace su orden por el mundo. Las misiones, los comedores, los voluntarios, los asistentes, los hospitales… todo eso de lo que él quiere formar parte. Y sin embargo, cuando le miro, pienso: «Qué cabrón, mira como se calla la parte secreta».