Cabalgar hasta el infinito

Es una verdad universal e indiscutible que una carga de caballería es lo más bello que puede ser jamás rodado. No sé las razones técnicas y por eso no voy a explicarlas. Pero está ahí. Los caballos cargando, las caras solemnes o desquiciadas de los jinetes. Lanzas listas y corazones preparados para dejar de latir. Todo. Todo el conjunto, con un poco de pericia del director, hace de una simple acción algo glorioso.

Probablemente, la primera gran carga de la historia del cine fuera “La carga de la brigada ligera”. Una historia basada en hechos reales, en la que Errol Flynn interpretaba a Lord Lucan, el oficial británico al mando de la caballería durante la batalla de Balaclava en 1855, durante la Guerra de Crimea. En ella cargó con más de seiscientos hombres durante kilómetro y medio bajo fuego ruso hasta alcanzar su objetivo. Una acción tan suicida como exitosa que, por cierto, acabaría sirviendo a Iron Maiden para escribir la canción The Trooper.

En la película de 1936, dirigida por el gran Michael Curtiz, podemos ver buena parte de los elementos que otras películas recuperarían en el futuro. Planos frontales de todo el batallón cargando, planos en movimiento de las patas de los caballos en plena acción, planos laterales de los soldados desplegando armas y banderas. Y sus caras. Las caras de concentración mientras los proyectiles rusos masacran a sus compañeros.

La manera en la que se rodó fue un hito técnico y sentó un precedente en la forma de narrar algo tan heroico, y sucio y mortal, a través de fotogramas en movimiento. Pero faltaba Waterloo, esa película arrinconada en la historia por su sonoro fracaso. Tan sonoro que provocó que Kubrick echase para atrás su proyecto de Napoleón. Una de esas grandes películas jamás hechas.

La carga de la caballería británica (qué bien cargan los putos británicos) en los campos belgas añadió un elemento fundamental: la cámara lenta. Suena la trompeta, aunque ninguna trompeta ha sonado mejor que la de La legión invencible de Ford, sobre un fondo de sangre, y miles de húsares enfundados en casacas rojas, enfocados frontalmente, arrancan a cabalgar. El ritmo se acelera y los caballeros surgen por encima de una loma. Todo parece igual. Errol Flynn está a punto de salir de nuevo. Hasta los cañones silban igual. El ritmo es irrefrenable y los caballos ya son sólo una masa. Vemos los rostros de Wellington y Napoleón.

Y entonces ocurre. El ruido cesa y todo se para. Los húsares aparecen de lado, cargando en línea y con las armas en alto. Hasta que los vemos venir de frente. Directos hacia nosotros bajo una música lenta, lenta y nostálgica. Entonces todo vuelve a precipitarse. Los caballos aceleran, los franceses cargan, los generales dan sus órdenes y llega el caos.

Hay una dignidad en todo esto. En los momentos previos, cuando el soldado sabe que sólo unos pasos lo separan de la aniquilación inmediata. La serenidad de los caballos, que resoplan y miran a los lados, dota a esos instantes de una épica increíble. Lo vemos en El Señor de los Anillos, cuando los rohirrim forman liderados por su rey ante la llanura de Minas Tirith. O en El reino de los cielos, cuando los caballeros cruzados se enfrentan a una fuerza mucho mayor a las puertas del Krak. No hay histeria, no hay horror. Sólo serenidad y una convicción. Una voz que se extiende desde los bosques germanos y dice: «Lo que hacemos en la vida tiene su eco en la eternidad”.

Entonces empieza todo. El movimiento se vuelve horizontal. Sólo las banderas permanecen en pie. Las lanzas de la caballería pesada inglesa en Braveheart se extienden a lo largo de todo el plano. La katana de Katsumoto en El último samurái nos muestra el camino. Las espadas cruzadas apuntan al enemigo.

Y los cañones vuelven a tocar como si el eco de Balaclava no se hubiera extinguido desde aquella película del 38. Los últimos samuráis se enfrentan a los proyectiles que pretenden arrebatarles su papel en la historia. Los soldados de la 4ª Brigada Ligera, en The Lighthorsemen, atacan contra los morteros otomanos en la Palestina de 1917. Y explotan el suelo y el aire.

Todo se vuelve lento y parece detenerse en el tiempo. El impacto está muy cerca de llegar. Es esa escena en La Batalla de los bastardos, cuando Jon desenvaina y espera. Cuando los caballeros del Valle, enfocados desde el frente, bajan las espadas y cabalgan contra el enemigo. No hay tiempo. Todo es recreación en cada movimiento del caballo, en la posición del arma, en el barro saltando. En el gesto desquiciado de Theoden, el furioso de Katsumoto o el sereno de Ballian.

Con el choque llega la masa y la sangre. Los planos normalmente se alejan. O despegan de la batalla nada más entrar en contacto. El heroísmo ha acabado. Sólo queda la muerte, la sangre y el barro. Los reconocimientos serán después, limpios y ante la reina. Porque una carga de caballería es lo más bello en su preparación y lo más horroroso en su ejecución. Lo más temible.

«Un hombre. Sus caballeros». Eso es todo lo que vemos en esas escenas. No importa si es en Roma, la Edad Media, el siglo pasado o en la Tierra Media y Poniente. Las cargas de caballería nos cuentan la historia de hombres en los que nos gusta reconocernos. Nuestros días quizás son más cómodos que los de aquellas eras de oscuridad o fantasía. La comida está en la mesa y la ropa en el armario, pero en el fondo de nuestros corazones de burgueses anhelamos un mundo así. Un mundo en el que la fuerza se enfrente al lado oscuro. En el que los héroes lleven la luz contra la oscuridad.

Porque al final es eso. Las cargas de caballería, con toda su épica, nos hacen creer en una llanura en la que poder cabalgar contra un enemigo que nos triplica en número, con buenos amigos en los flancos, y una voz que repite incesantemente: “Lo que hacemos en la vida tiene su eco en la eternidad”.

¿Cuándo se marchita su gloria?
¡Oh qué carga tan valiente la suya!
Al mundo entero maravillaron.
¡Honrad la carga que hicieron!
¡Honrad a la Brigada Ligera,
a los nobles seiscientos!”

Lord Tennyson

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Bone Tomahawk y La Bruja: ¡viva el género!

No, no hay spoilers.

Nadie puede sostener hoy, al menos sin recibir una visita de mis padrinos, que el cine de género está de capa caída. O que es baja cultura. El western, el terror y el western de terror están de moda. Están en nuestras pantallas. Y traen una calidad absolutamente asombrosa. En los últimos meses, Bone Tomahawk, de Crieg Zahler, y La Bruja, de Robert Eggers, me han hecho recuperar la fe en el cine, si es que en algún momento la había perdido.

Ambas películas son la opera prima de sus directores. Aunque habían trabajado en algunos cortos, Zahler y Eggers se estrenan ahora por primera vez en un largometraje. Y el trabajo no podría ser mejor. La crítica no ha sido capaz de decir nada malo de estas historias, salvo algún meapilas escandalizado con la cantidad “innecesaria” de violencia en alguna de ellas. Como si el Señor nos hubiera prescrito la dosis exacta de sangre que una película puede mostrar.

Bone Tomahawk es un western. Y también una película de terror. Parece una canción de Ghoultown o  el producto de una noche loca entre Tarantino y Hawks. En pleno oeste americano nos encontramos con sombras, espectros y tipos que se comen a otros tipos. El ambiente me recuerda al que Roland atraviesa en la saga de La torre oscura, de Stephen King. Pero no es sólo eso.

El sheriff Hunt, con un gran Kurt Russell, es una suerte de John Wayne. A caballo entre Centauros del desierto y Valor de ley. Es un tipo descreído, curtido y jodido en mil batallas, que tiene que salir hacia el corazón de las tinieblas para buscar a una joven. Sus compañeros, el resto del reparto central de la película, están más que bien. Matthew Fox haciendo de un gentleman sanguinario, con pocas ganas de hablar y muchas de agujerar cuerpos indios; Patrick Wilson, para mí el más flojo, como un cowboy clásico, enamorado y herido que sale a buscar a su mujer; y, finalmente, Richard Jenkins, un entrañable anciano.

Jenkins protagoniza una de las escenas más enternecedoras de la película cuando habla de sus dificultades para bañarse mientras lee un libro y cómo un atril solucionaría todos sus problemas. Deadwood y esta película nos han enseñado el valor de los viejos tiernos en el lejano oeste. Aunque, sin ninguna duda, el punto álgido de la historia llega cuando el espectador se encuentra ante un pormenorizado documental sobre las costumbres culinarias de ciertos nativos americanos. Eso sí que es pura vida y no los anuncios de Estrella Damm.

El hecho es que Zahler crea un producto que no es novedoso, pero sí genial. Y se agradece. Hacía mucho que un western no tenía este nivel de truculencia y épica, con una galería de personajes atractivos que no son una panda de imbéciles como en El llanero solitario. Bone Tomahawk es puro pulp, es puro terror y pura épica. Puro cine.

La Bruja, mientras tanto, es una sorpresa maravillosa. Cualquiera esperaría, dado el historial de Insidious y cosas parecidas, una película de sustos constantes donde el espectador está dando saltos desde el primer momento. No, La Bruja es una cosa mucho más sutil, más elaborada y más perfecta.

La historia se ubica en un pequeño claro de bosque de Nueva Inglaterra al que acabé teniendo verdadero pánico. Ahora, cuando veo un conjunto de árboles o paso cerca del Retiro, tengo que cogerle la mano a la persona más cercana, lo que me ha ocasionado algunos problemas incómodos. Es en ese ambiente donde trabaja Ralph Ineson, que está prodigioso. Si  La Bruja tratase los problemas de sexualidad de la clase media urbana de California, o algo así, Ineson sería candidato al Óscar. Pero claro, un cristiano fanático dispuesto a quemar en la hoguera a toda la humanidad por brujería no es el clásico papel premiado.

Junto a él, Kate Dickie hace maravillosamente de madre loca, papel con el que ya nos había deleitado en Juego de Tronos como Lisa Arryn; y la joven Anya Taylor-Joy, prácticamente una desconocida hasta ahora, cumple de sobra como Thomasin, la protagonista. Hay más chavales, trigo, gallinas y cabras, que están muy bien también.

Todos ellos, incluido el bosque, consiguen crear una esfera de tensión desesperada y expectante que yo no había vivido nunca en una sala de cine. El espectador está, literalmente, hora y media sobre la butaca con el corazón en la boca, la piel temblando y los ojos fijos en la pantalla. No, no hay sustos. La película, la historia, todo es un gran susto que culmina en un magistral y escalofriante final. Jamás, jamás había estado tan aterrorizado como con ese: «What is what thy want?»

Hay que echar de menos los clásicos y la edad dorada de Hollywood, pero eso no nos puede impedir amar el cine que se está haciendo. Y muy especialmente si lo están haciendo directores jóvenes sobre temas “malditos” y considerados género menor. La Bruja y Bone Tomahawk son historias bien construidas. Y lo que es más importante: son proyectos en los que el director y los actores creen. Esa es el alma de las buenas historias. Del gran cine.

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Bone Tomahawk. Photo: Caliber Media Company/The Fyzz Facility/ Realmbuilder Productions
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The Witch. Photo: Code Red Productions/A24/Pulse Films/Scynthia Films/Rooks Nest/Maiden Voyage Pictures/Mott Street Pictures