Bone Tomahawk y La Bruja: ¡viva el género!

No, no hay spoilers.

Nadie puede sostener hoy, al menos sin recibir una visita de mis padrinos, que el cine de género está de capa caída. O que es baja cultura. El western, el terror y el western de terror están de moda. Están en nuestras pantallas. Y traen una calidad absolutamente asombrosa. En los últimos meses, Bone Tomahawk, de Crieg Zahler, y La Bruja, de Robert Eggers, me han hecho recuperar la fe en el cine, si es que en algún momento la había perdido.

Ambas películas son la opera prima de sus directores. Aunque habían trabajado en algunos cortos, Zahler y Eggers se estrenan ahora por primera vez en un largometraje. Y el trabajo no podría ser mejor. La crítica no ha sido capaz de decir nada malo de estas historias, salvo algún meapilas escandalizado con la cantidad “innecesaria” de violencia en alguna de ellas. Como si el Señor nos hubiera prescrito la dosis exacta de sangre que una película puede mostrar.

Bone Tomahawk es un western. Y también una película de terror. Parece una canción de Ghoultown o  el producto de una noche loca entre Tarantino y Hawks. En pleno oeste americano nos encontramos con sombras, espectros y tipos que se comen a otros tipos. El ambiente me recuerda al que Roland atraviesa en la saga de La torre oscura, de Stephen King. Pero no es sólo eso.

El sheriff Hunt, con un gran Kurt Russell, es una suerte de John Wayne. A caballo entre Centauros del desierto y Valor de ley. Es un tipo descreído, curtido y jodido en mil batallas, que tiene que salir hacia el corazón de las tinieblas para buscar a una joven. Sus compañeros, el resto del reparto central de la película, están más que bien. Matthew Fox haciendo de un gentleman sanguinario, con pocas ganas de hablar y muchas de agujerar cuerpos indios; Patrick Wilson, para mí el más flojo, como un cowboy clásico, enamorado y herido que sale a buscar a su mujer; y, finalmente, Richard Jenkins, un entrañable anciano.

Jenkins protagoniza una de las escenas más enternecedoras de la película cuando habla de sus dificultades para bañarse mientras lee un libro y cómo un atril solucionaría todos sus problemas. Deadwood y esta película nos han enseñado el valor de los viejos tiernos en el lejano oeste. Aunque, sin ninguna duda, el punto álgido de la historia llega cuando el espectador se encuentra ante un pormenorizado documental sobre las costumbres culinarias de ciertos nativos americanos. Eso sí que es pura vida y no los anuncios de Estrella Damm.

El hecho es que Zahler crea un producto que no es novedoso, pero sí genial. Y se agradece. Hacía mucho que un western no tenía este nivel de truculencia y épica, con una galería de personajes atractivos que no son una panda de imbéciles como en El llanero solitario. Bone Tomahawk es puro pulp, es puro terror y pura épica. Puro cine.

La Bruja, mientras tanto, es una sorpresa maravillosa. Cualquiera esperaría, dado el historial de Insidious y cosas parecidas, una película de sustos constantes donde el espectador está dando saltos desde el primer momento. No, La Bruja es una cosa mucho más sutil, más elaborada y más perfecta.

La historia se ubica en un pequeño claro de bosque de Nueva Inglaterra al que acabé teniendo verdadero pánico. Ahora, cuando veo un conjunto de árboles o paso cerca del Retiro, tengo que cogerle la mano a la persona más cercana, lo que me ha ocasionado algunos problemas incómodos. Es en ese ambiente donde trabaja Ralph Ineson, que está prodigioso. Si  La Bruja tratase los problemas de sexualidad de la clase media urbana de California, o algo así, Ineson sería candidato al Óscar. Pero claro, un cristiano fanático dispuesto a quemar en la hoguera a toda la humanidad por brujería no es el clásico papel premiado.

Junto a él, Kate Dickie hace maravillosamente de madre loca, papel con el que ya nos había deleitado en Juego de Tronos como Lisa Arryn; y la joven Anya Taylor-Joy, prácticamente una desconocida hasta ahora, cumple de sobra como Thomasin, la protagonista. Hay más chavales, trigo, gallinas y cabras, que están muy bien también.

Todos ellos, incluido el bosque, consiguen crear una esfera de tensión desesperada y expectante que yo no había vivido nunca en una sala de cine. El espectador está, literalmente, hora y media sobre la butaca con el corazón en la boca, la piel temblando y los ojos fijos en la pantalla. No, no hay sustos. La película, la historia, todo es un gran susto que culmina en un magistral y escalofriante final. Jamás, jamás había estado tan aterrorizado como con ese: «What is what thy want?»

Hay que echar de menos los clásicos y la edad dorada de Hollywood, pero eso no nos puede impedir amar el cine que se está haciendo. Y muy especialmente si lo están haciendo directores jóvenes sobre temas “malditos” y considerados género menor. La Bruja y Bone Tomahawk son historias bien construidas. Y lo que es más importante: son proyectos en los que el director y los actores creen. Esa es el alma de las buenas historias. Del gran cine.

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Bone Tomahawk. Photo: Caliber Media Company/The Fyzz Facility/ Realmbuilder Productions
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The Witch. Photo: Code Red Productions/A24/Pulse Films/Scynthia Films/Rooks Nest/Maiden Voyage Pictures/Mott Street Pictures

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