Estos años, estos héroes: un homenaje a la aventura y la fantasía

«Los hombres civilizados son menos corteses que los salvajes, porque saben que pueden ser maleducados sin que les rompan la cabeza». La frase la escribió Robert E. Howard en La torre del elefante, un grandioso relato de Conan, y se ha repetido y citado ad nauseam por todas partes. Sin embargo, es una gran frase. Vivimos en el mundo de la globalización, la libertad de la apariencia y la civilización mundial, donde no existen lugares fantásticos y terribles como los que imaginó Howard. Quizás nunca existieron salvo en nuestra imaginación y la literatura.

En los libros de aventuras y fantasía es donde más veces he tenido algún tipo de revelación. Esa sensación, mientras pasaba las páginas de una novela, de decir: «Por Crom, ¿dónde había estado este tipo toda mi vida?». Disfruté mucho con la trilogía de los mosqueteros, pero Sabatini gustó todavía más. «Nació con el don de la risa y la intuición de que el mundo estaba loco. Y ese era su único patrimonio». Joder, es el mejor comienzo de historia jamás escrito. Scaramouche es una novela maravillosa. Espadachines en la Francia revolucionaria y unos personajes para el recuerdo, como el maestro de esgrima, Doutreval de Dijon, y el terrible Señor de la Tour d’Azyr.

De maestros y malvados están llenas las páginas de libros de aventuras. Mi malvado favorito es, sin lugar a dudas, el Rupert de Hentzau que describió Hope como: «incansable y receloso, elegante, guapo, vil e invicto». Ahí es nada. El prisionero de Zenda me gustó menos que El capitán Blood, de nuevo Sabatini, pero en ningún lugar, salvo en Ruritania, encontraremos nunca un malo mejor. Y para maestros, España. El Jaime Astarloa de El maestro de esgrima es de mis personajes preferidos. Es el típico héroe revertiano, como Alatriste. Cansado y descreído pero cumplidor. Resistente en un mundo en cambio al que ya no pertenece. El último hombre que tuvo honor.

De honor sabía mucho Conrad, un tipo al que he leído menos de lo que debería y menos de lo que querría, y lo que yo querría es menos de la mitad de lo que Conrad se merece. Lo cierto es que El duelo es una novela corta estupenda para leer en verano. Bajo la apariencia de dos tipos que intentan matarse por media Europa, vemos ese mundo que agoniza tras las guerras napoleónicas. También disfruté El corazón de las tinieblas, que es una de las mejores novelas jamás escritas. Y de mis favoritas, aunque no sé si he terminado de entenderla alguna vez. Por cierto, las adaptaciones al cine de estos dos libros también son maravillosas: Los duelistas (1977) de Ridley Scott y Apocalypse Now (1979) de Coppola con guión de John Milius.

Sin embargo, la auténtica institución literaria en mi familia, cuando se habla de aventura, es Vicente Blasco Ibáñez. Este valenciano fue el escritor bestseller más internacional del primer tercio del siglo XX en España. Aunque sus historias costumbristas, tipo Flor de mayo o Cañas y barro, me han interesado menos, sus novelas de aventuras son espectaculares. Uno no puede perderse Mare Nostrum, un homenaje al Mediterráneo con la Primera Guerra Mundial de fondo; Sónnica la Cortesana, sobre el asedio de Sagunto por los cartagineses; o En busca del Gran Khan, en torno al descubrimiento de América. También es fantástica La Catedral, que resume toda una visión de la historia de España; o Los cuatro jinetes del apocalipsis, que escribió en plena Gran Guerra como corresponsal en Francia, intentando servir a la causa de los aliados.

Volviendo a la literatura fantástica, mi amigo Adrián siempre dice que me gusta cualquier cosa en la que haya tipos con espadas. Y probablemente lleve razón. La última epifanía en esta línea ha sido la de Robert E. Howard, el creador de Conan el Cimmerio. Aunque había leído algunos de los cómics de Thomas y Windsor, y creo que Conan el Bárbaro (1982) es una de las grandes películas de aventuras de la historia, nunca me había acercado a los libros. El primer volumen de las aventuras del héroe es de las cosas que más me han impresionado nunca. Va más allá del tópico «civilización mejor que barbarie». Howard, un escritor de historias pulp, demostró a través del personaje heroico una lectura de la historia que suena a Carlyle y que ya le gustaría a algunos politólogos teorizar.

Las bases que sentó Howard, creo, están desarrolladas en otros libros que he disfrutado mucho como la saga Canción de Hielo y Fuego, de George R.R. Martin, especialmente a la hora de configurar las civilizaciones y mundos, y en Primer libro de Lankhmar, de Fritz Leiber, en el arquetipo del héroe que encontramos en Fafhrd. Y rodeando a todas ellas, claro, la Tierra Media de Tolkien, que es para hablar largo y tendido en otro momento. En todas estas historias hay tipos con espadas, pero son algo más. Detrás encontramos siempre una comprensión más profunda de la naturaleza humana y de la historia mundial. Creo que merece la pena mirar más allá de los músculos y la sangre.

Fue precisamente Leiber quien inspiró a un joven británico en la construcción literaria de Ankh-Morpork y su gremio de ladrones. Durante el primer año de carrera descubrí esos lugares y personajes, residentes en el Mundodisco de Terry Pratchett. Y madre mía, eh. Quien lo probó la sabe. Hablar de la mejor saga de humor y fantasía de la historia en un párrafo es un crimen digno de ser perseguido por la Guardia de la Ciudad y castigado por la Exquisición. Hay varios artículos estupendos explicando qué leer y cómo leer el Mundodisco. Aunque mis favoritos son los de la Guardia y las Brujas, baste sólo este párrafo de Brujas de viaje, que debería ser de obligada lectura en las facultades de todo el mundo:

«Los finales felices están muy bien siempre que resulten felices por sí mismos, pero no los puedes fabricar para los demás. Es como pensar que la única manera de garantizar un matrimonio feliz es cortar la cabeza a los novios en cuanto dicen “Sí, quiero”.»

Durante estos cuatro años de carrera, los libros de aventuras y fantasía  me han alegrado días muy negros. No, no voy a idealizar la vida universitaria porque haya viajado y salido más. Ha habido días buenos y días malos, pero éstos últimos han sido más llevaderos gracias a mis héroes. Quizás esos lugares que imaginaron Howard, Tolkien, Martin, Leiber y tantos otros sólo existen en nuestra imaginación o en la literatura, pero quiero pensar que construyeron fortalezas en las que protegernos. Crearon los lugares en los que, al menos durante unas horas, podemos liberar las hordas bárbaras y sacudirnos tanta civilización y tanta realidad, aunque sean imposibles de olvidar. Crearon los lugares donde hacer cierta la máxima de Howard en La reina de la costa negra:

«Que la vida es una ilusión, que yo no soy más que una ilusión, y ella, por consiguiente, es una realidad para mí. Estoy vivo, me consume la pasión, amo y mato; con eso me doy por contento».

Al final, y creo que era lo que Howard pretendía con su obra, la literatura fantástica nos proporciona refugio en el declinar de la civilización. Nos hace bárbaros por momentos, pero no nos convierte en ellos. Nos libera del caos, pero nos mantiene atados a la realidad, sin permitirnos caer en él. Nos recuerda lo que fuimos, somos y podemos ser. Creo que, de alguna manera, nos hace un poco más libres.

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Robert E. Howard.

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