En Portugal: un mundo que preservar

Espinho es una ciudad de unos treinta mil habitantes situada al norte de Portugal y unos 20 kilómetros al sur de Oporto. Tiene una de las playas más bonitas de la zona y recibe durante la temporada a varios miles de turistas que vienen de todo el mundo.  La ciudad está dividida en tres zonas más o menos diferenciables: el norte, donde están los hoteles más grandes, el casino y las grandes cadenas de restaurantes; el sur, con casas bajas pegadas al mar y la lonja de pescado; y el interior, esencialmente residencial, donde los antiguos palacetes medio derruidos se combinan con bloques de apartamentos.

Pasear por la zona sur es visitar un lugar en el que el tiempo no ha terminado de pasar. Un lugar en el que la modernidad puede convivir perfectamente, a muy pocos centímetros, con la decadencia y cierta pobreza. No hay conflicto entre ambas, sino tolerancia. En Portugal, como en Espinho, el casino y la lonja son dos caras de la misma moneda. Dos mundos separados por un pequeño canto.

Por la mañana temprano llegan las primeras embarcaciones a la lonja. Son barcas grandes, donde entran unas cinco o seis personas, sin motor aparente y decoradas con vivísimos colores. Los habitantes de Espinho acuden a comprar el pescado recién sacado y charlar con los vendedores. «¿Has salido tú a pescarla?», le pregunto a una vendedora. Se ríe: «No, no. Mi hermano y mi padre. Son de aquí de toda la vida», dice mientras señala un café de pescadores.

Los tipos que salen de allí están lejos de cualquier idealización. La ropa sucia y raída, la gorra de Bob Marley y unos cigarrillos que desprenden un humo negro sin fisuras. No sé sabe si ellos mismos son tan negros por un gen portugués o por el sol que pega entre las nubes grises, pero podrían pasar perfectamente por marroquíes o argelinos.

Al poco, salen en tropel del café. Llegan dos embarcaciones más. Arrancan los tractores y las remolcan playa adentro. Traen dos cuerdas largas que penetran en alta mar. Rápidamente, las atan a una máquina de engranajes que empieza a tirar de ellas. La operación la manejan los compadres del café y el tractor lo conduce un pescador sin brazo derecho que da consejos a un chaval pequeño. «Tira de aquí, empuja aquí, muévete». El chaval es su hijo.

Los turistas nos juntamos a ver qué ocurre. «Antes se tiraba con las manos. Luego se empezó a utilizar a los animales, pero ahora tiramos con las máquinas». No es como en los viejos tiempos, pero lo parece. La cuerda sigue recogiéndose durante casi una hora hasta que nos mandan retirarnos. En ese momento aparece una red gigantesca. En su interior, cientos o miles de peces que se sacuden los últimos resquicios de vida. Nuestro chaval, el aprendiz, se apresura con los mayores a abrirla. Los espectadores tienen permiso para coger algún pescado, pero la mayoría va a los restaurantes, que desde primera hora de la mañana se han llevado carretillas.

espinho
André Ferreira/Flickr.com.

Hay dos o tres buenos sitios en la zona de pescadores. No son restaurantes con cartas cuatrilingües como los del paseo marítimo. San Pedro y Casa Locas son los mejores. El primero tiene la carta en portugués. El segundo ni siquiera tiene. Al mediodía y por la noche la gente hace cola para comer allí.

En Locas, el dueño, un tipo de cara seria, se acerca a comentar los platos que hay. «Pulpo, rodaballo, lubina, dorada. Lo que quieran, pero con tranquilidad». Tarda todo una media hora de promedio. «Ustedes esperan con paciencia y el pescado luego estará bueno». La magia no se hace en la cocina, sino en tres parrillas que manejan con maestría un tipo gigante y un chico cojo. Van y vienen con pescados de primera y alternan los gritos con cigarrillos.

Somos los últimos en el restaurante. Los españoles siempre vamos por detrás en hora de comer y en otras muchas cosas. Llevamos un par de días comiendo allí y el dueño ya saluda a mi abuelo como a un camarada. Se acerca a despedirnos y a comentar la comida.

Es un tipo serio pero sonríe para agradecer los piropos. Es el jefe desde hace sólo año y medio. Se lo dejó un amigo que «partió». Portugal es un pueblo de mar y los amigos no mueren. Sólo parten. Nos explica que es feliz con esto, porque la vida es muy corta y la política lo ha corrompido todo.

«¿Pero no se nota el cambio de gobierno aquí?», le pregunto. «Sí, ahora está la izquierda, pero es muy difícil. Esto es una mafia que manda esté quien esté. El ministerio de finanzas, ¿sabe? Siempre quieren más, siempre vienen a pedir más impuestos y a espiar cuánta gente hay en la terraza y cuánto pescado vendemos. Siempre amenazan y no entienden que esto en invierno está desierto. Es difícil acabar con eso porque siempre ha sido así».

El gigante de las parrillas nos da una opinión similar al día siguiente. «Es que entre la Merkel y demás…» dice uno de los comensales. «Pero no es solo la Merkel. Los de aquí son lo peor», dice él. El gobierno prometió bajar los impuestos, pero ha sido mentira. La fatalidad siempre es la nota dominante en la conversación política de los portugueses. «¡Ah, España y Portugal! ¡Antes eran dueñas del mundo y ahora el culo de Europa!» nos dijo un camarero el primer día.

El gigante lleva veinte minutos hablando con nosotros y el jefe se une. Viene a despedirse, porque al día siguiente nos vamos a Madrid. Es lunes por la noche y ya sólo quedan un par de mesas con gente.

«Arsenio, es usted el rey de España», le dice a mi abuelo entre carcajadas de los dos. Al levantarnos nos decimos adiós casi entre abrazos. Nos desean buen regreso y pronta vuelta a Espinho. Nosotros les pedimos que no cambien nunca, que no vendan su originalidad. Que sigan siendo el barrio de pescadores. «Esto no va a cambiar. Esto no es como España, que es mucho más comercial. Allí venden poniendo todo igual. Aquí vendemos porque nos gusta tratar bien a la familia. La gente de este país es como una familia», nos dice el jefe.  Tanto, tanto es así, que cuando no tienen algo que pide un comensal, son capaces de sacarlo de su propia bolsa de la compra.

De vuelta en Madrid, con un calor infernal que aumenta la nostalgia por la niebla de Espinho, uno ve la diferencia. Los bares del centro de Madrid son todos iguales. En todos se juntan setenta platos «tradicionales españoles» y otros setenta extranjeros, para que el visitante se sienta como en casa. Lo que se encuentra en ellos podría encontrarse en casi todas las capitales europeas de una u otra manera. Se ha anulado cualquier singularidad. Todo son bares de sishas, mojitos de olores sospechosos y paellas incomestibles.

En Portugal lo viejo y lo nuevo conviven. El apartamento y el palacio derruido; el barrio de pescadores y el casino. No, no digo que sea lo mejor. Portugal es un país, en buena medida, muy pobre. Y sus habitantes no quieren ser singulares, sino disfrutar de oportunidades, trabajo y libertad. Sin embargo, espero que su camino hacia un futuro mejor no los convierta en otra copia, en otro bazar de restaurantes de turisteo. Espero, con todo mi corazón, que el futuro brillante que merece Portugal no se lleve por delante, al menos no del todo, esos bellos rincones de sus pueblos.

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