Un cuento de hadas en Nueva York

Se supone que la Navidad es un momento para estar en familia, cantar villancicos, darse regalos y disfrutar en memoria de Jesús. Sin embargo, hace casi treinta años, un tipo llamado Shane MacGowan decidió pasarse esa suposición por sus cojones irlandeses. Fruto de ello nació “Fairytale in New York”, una de las canciones más maravillosas de la historia.

Existen un par de teorías sobre cómo comenzó todo. James Fearnley, que tocaba el acordeón en The Pogues, afirma en sus memorias que  fue su manager, Frank Murray, quien propuso hacer una cover de “Christmas must be tonight”, la canción de The Band. Yo prefiero la historia que cuenta el propio MacGowan. Al parecer, Elvis Costello, productor de los Pogues, se apostó con él que no podría componer una canción navideña para cantar a dúo su mujer, Cait O’Riordan. Me gusta más esta versión porque me imagino a los dos en una taberna de Londres, después de muchas cervezas, gritándose oscuras expresiones gaélicas sobre la profesión de sus respectivas madres.

Así empezó una tortura de dos años. Jem Finer, el bajo de la banda, propuso una historia de amor con el mar de por medio. Su mujer, Marcia Farquhar, calificó la idea de “cursi” y sentó las bases de lo que sería la canción posterior con una nuevo argumento de por medio. MacGowan trabajó con sus ideas sin parar. Mientras hacían una gira por Europa, el grupo vio en el autobús “Once upon a time in America”, la película de Sergio Leone. Por eso la canción empieza con los acordes de la banda sonora de Ennio Morricone.

Para 1986, ya tenían una primera versión, pero no. Aquello no terminaba de funcionar. MacGowan se pasaba horas escribiendo y revisando la canción para que encajase. No estaría lista hasta 1987, cuando The Pogues empezó su primera gira por Estados Unidos. Solo faltaba saber quién sería la voz femenina en el diálogo de la canción, ya que Cair O’Riordan había abandonado el grupo el año anterior. Al final elegirían a Kirsty MacColl, una artista venida a menos que enamoró con su voz al grupo.

pogues
The Pogues. Shane en el centro.

Así acabó la creación de “la canción más complicada que he escrito e interpretado”, según Shane. Pero, joder, mereció la pena todo ese sufrimiento. En “Fairytale of New York”, MacGowan une todas sus influencias. Músicalmente, la canción recuerda a las viejas baladas irlandesas con las que creció y que constituyen una referencia fundamental en su poesía, pero el espíritu es hijo del desencanto del postpunk. De la rebeldía, de la necesidad de recordar que hay navidades jodidas.

MacGowan, alcohólico furibundo, comienza su cuento de hadas con un borracho que mira al pasado mientras en el pub suena The Old Rare Mountain Dew. Así, toda la canción se convierte en algo extraño, entre el sueño, el recuerdo y las mentiras que un tipo se cuenta a sí mismo sobre la vida.

Tras el prólogo, llega una primera parte dorada, llena de esperanzas y sueños por cumplir. Pura Navidad. Un joven acaba de ganar una apuesta 18 a 1. Tiene un presentimiento: This year’s for me and you /So happy Christmas/ I love you baby/ I can see a better time/ When all our dreams come true.

Comienza a cantar su amor. La voz de Kristy MacColl suena como la de una veinteañera enamorada. Una artista llena de sueños, como Naomi Watts llegando a Mulholland. Shane nos dice que era preciosa, que era la reina de Nueva York. Sinatra cantaba, las campanas de Navidad sonaban y el coro de la policía cantaba Galway Bay.

El estribillo suena a gloria, a pura alegría y esperanza por la vida. Y, sin embargo, esa vieja canción sobre la bahía de Galway cuenta también la historia de un borracho harto de su mujer.

La segunda parte de la canción, tras el estribillo de epifanía, comienza con un intercambio de insultos entre los dos protagonistas. Culo, basura, escoria, gusano y maricón. “Feliz Navidad, tu madre. Rezo a Dios para que sea la última”, le dice ella. Algo se torció, algo fracasó en sus vidas. Sinatra ya no canta y sus sueños no son más que vómito tras una noche de borrachera.

Parte intrínseca de fracasar es echar la culpa a otro. No hay un buen fracaso sin algo de resentimiento.  “Podría haber sido alguien”, dice él. “¡También yo” le grita ella. “Tu cogiste mis sueños cuando te encontré”. Y él responde, en un momento brutal de drama, con una declaración de amor que sólo aspira a un desahogo frustrado: “Los puse conmigo, babe. No podía hacerlo solo. He construido mis sueños a tu alrededor”.

Y mientras, el coro de la NYPD sigue cantando Galway Bay al ritmo de las campanas. Ahí fuera es Navidad, como cuando ellos eran un par de enamorados listos para triunfar. El mundo no ha cambiado, pero ellos ya no existen.

La grandeza de este cuento de hadas, además de la epopeya que supuso su creación, reside en ese contraste. MacGowan plantea un mundo blanco, de esperanzas, sueños, amor y Sinatra. La idea de una Navidad pura. Y después de crear esa impresión, se lanza, con una habilidad bella y espectacular, para reivindicar una Navidad de sueños rotos, desamor, insultos y rencores. Una Navidad donde un hombre grita que hizo todo lo que pudo y el mundo le contesta: “No fue suficiente”.

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