¿En qué has cambiado de idea?

Hace un año leí un post que me ha venido a la memoria con bastante frecuencia durante los últimos días. Lo escribía Pablo Rodríguez Suanzes en su blog personal y llevaba por título ‘¿En qué has cambiado de idea?’. A lo largo del post, Suanzes analizaba la figura del economista Tyler Cowen, explicando su capacidad para pensar fuera de los límites, para cambiar las preguntas cuando las respuestas habían fallado. Uno de sus ejemplos preferidos era una entrada en la que Cowen se planteaba en qué temas había cambiado de opinión durante el último año.

Este año (septiembre-junio, claro) ha sido uno de los más raros de mi vida. No abrí este blog para hablar sobre cosas personales, pero el ejercicio que Cowen y Suanzes planteaban me parecía una manera estupenda de ordenar esos cambios, de explicarme a mí mismo qué ha pasado.

Hace dos años prometí que, cuando acabase el Grado de Relaciones Internacionales, jamás estudiaría comercio internacional. El comercio para los de ADE. Hace un año juré que jamás pisaría un país del Extremo Oriente sin conocer al menos un puñado de países de Oriente Medio y África del Norte.

En doce días me graduaré en un máster de comercio internacional. Estas líneas las escribo desde mi habitación en Guangzhong Road, Shanghai (China) donde llevo estudiando algo más de un mes y medio. No he pisado un país entre Marruecos e Irán en mi vida.

El cine me ha gustado desde siempre. Mi familia ha tenido mucho que ver en ello. A quien no he aguantado nunca es al crítico de cine. Al terminar de ver una película, tengo la mala costumbre de ir a Filmaffinity y ver a Carlos Boyero o Nando Salvá explicando por qué mi sonrisa al salir de la sala debería convertirse en una mueca de asco. O viceversa. En mis sueños húmedos, veía legiones de críticos siendo devorados por monstruos de dimensiones desconocidas, como en La joven del agua, de Shyamalan.

Lo cierto es que a principios del mes que viene saldrá a la venta el segundo número de la revista Orphanik. En ella colaboro con cinco críticas de cine y un artículo largo sobre la obra de John Milius. He dedicado mi año a escribir ocho críticas y a defender con tinta y saliva la labor del oficio. Todo cambio tiene un culpable. Sin Jordi Costa no hubiera aprendido a mirar.

En junio del año pasado, escribí un post en Facebook sobre por qué el Brexit no me parecía tan mala idea. Acababa de leer este artículo de Ambrose Evans-Pritchard en The Telegraph donde argumentaba, no sin una tonelada de dudas, que votar a favor de la salida era votar por la supremacía del parlamento. Por la supremacía de la elección popular frente a la burocracia y la falta de transparencia.

Vi en ese argumento la posibilidad de una oposición democrática a esta Europa. Sin racismo, sin radicalismos, sin demagogia populista. Vi la oportunidad de castigar a la troika por Grecia, por Monti, por los profundos errores estructurales que seguimos pagando hoy.

Sin embargo, el Brexit fue un proceso manchado por el racismo y el oportunismo político. No me engaño a mí mismo, esto no fue como lo de Trump. Muchos avisaron de lo que había detrás y yo pensé que los equivocados eran ellos. Ahora Reino Unido se enfrenta a un clima lleno de xenofobia, con un gobierno que quiere poner límites a la libertad de expresión y aliarse con ultras cristianos. El Diccionario Oxford ha decidido colocar mi foto en la entrada de ‘Whishful thinking’ de su próxima edición.

Hace un año, mis opiniones sobre los deportes hubieran provocado sorderas de aplausos entre los asistentes a la gala de los Globos de oro y la imposición de la Orden del Mérito Meryl Streep. Durante los últimos meses, he visto más partidos de fútbol y baloncesto que en toda mi vida. Incluso escribí esta defensa del deporte hace seis meses. No tengo razones, ni responsables (quizás Adri). Sólo sé que disfruto más.

Son cambios más o menos importantes. Algunos vitales, como la decisión de qué estudiar, otros más banales, pero todos igual de significativos para mí. Parecen cosas sin calado y probablemente lo sean, pero rondan la cabeza de uno a lo largo de los días.

Por ejemplo, llevaba años diciendo que El hombre que pudo reinar era mi película favorita y sólo ahora me he dado cuenta de que es Conan, el bárbaro. Descubrí con horror que apenas había leído a Stephen King y llevo todo el año enmendado ese fallo. A partir de verano saldaré mis deudas con Ian McEwan. También soy más tolerante con muchas ideas, quizás por las dudas, y más beligerante con otras, por culpa de Christopher Hitchens.

Ayer murió Iván Fandiño y Rubén Amón ha escrito una columna a la altura de las circunstancias. El torero, pocos días antes de morir, escribió que ‘nadie encuentra su camino sin perderse varias veces’. Y en eso andamos, en perderse las veces que sea necesario hasta encontrar y entender el camino.

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El cuadro es ‘Laguna de Venecia por la noche’ de Ivan Aivazovsky. Lo descubrí este año y sigo enamorado.

 

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