Contra el terror: Islam, valores y armas

A cada atentado en suelo europeo le sigue un lamento y veinte preguntas. Por qué nos ocurre a nosotros, qué es lo que tanto odian de Europa, cómo podemos defendernos, quiénes son los asesinos. En España, durante los últimos días, las respuestas se han polarizado.

Por un lado, la sociedad conservadora se echó al monte con la bandera del choque de civilizaciones. #StopIslam fue trending topic a lo largo de todo el jueves. Comentaristas de la derecha, como Isabel San Sebastián, reaccionaron a los atentados invocando el espíritu de Trento y Covadonga. Los musulmanes eran culpables. Son culpables. Y la civilización occidental –cristiana y democrática- vencerá.

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Por otro lado, la sociedad progresista se refugió en los valores. El politólogo Jorge Galindo publicó el viernes este artículo, donde concluye su argumentación citando al escritor y disidente Salman Rushdie:

«El fundamentalista cree que no creemos en nada. En su mirada del mundo, tiene las certezas absolutas, mientras nosotros estamos hundidos en indulgencias sibaritas. Para demostrarle que está equivocado, primero debemos saber que está equivocado. Debemos ponernos de acuerdo en lo que es importante: besarse en lugares públicos, los sándwiches, estar en desacuerdo, la moda vanguardista, la literatura, la generosidad, el agua, una distribución más equitativa de los recursos de la Tierra, las películas, la música, la libertad de pensamiento, la belleza, el amor. Estas serán nuestras armas. No los derrotaremos haciendo la guerra, sino por la forma que elijamos de vivir nuestras vidas sin miedo.»

«¿Cómo derrotar al terrorismo? No se dejen aterrorizar. No dejen que el miedo domine sus vidas. Aunque estén asustados.»

No son las armas, ni la espada y la cruz, lo que vencerán al terrorismo. Serán nuestros valores, argumenta. Salir a tomar cervezas como símbolo de nuestro tolerante estilo de vida otorgará a Europa la victoria final contra el terror.

Progresistas y conservadores se equivocan, aunque por motivos distintos.

Ciertamente, el Islam está detrás del terrorismo. ISIS es un grupo terrorista religioso. Aspiran a la creación de un califato mundial donde no exista más ley que el Corán, donde lo divino esté por encima de lo humano y no exista más pasión que la devoción por Alá. Están dispuestos a expandir la fe en su Dios y a convencer a los indecisos por la fuerza de las armas. Por lo tanto, desligar el Islam del fundamentalismo terrorista es ignorar la fuente más primigenia de su inspiración.

Toda religión cuenta con su legión de irreductibles. Hombres que han encontrado La Verdad en La Idea. Esos que no pueden esperar ni un minuto para disfrutar su paraíso y hacérnoslo disfrutar a los demás. La historia, y el presente, están llenos de ejemplos. Pero también de personas, creyentes, que apostaron por ceder y tolerar.

Por eso el Islam no es único e indivisible. Existe el de los suníes, el de los chiíes, el de los sabios sufíes, el de los pacíficos alevíes turcos y el de ISIS y Al Qaeda. El de los laicos y el de los intolerantes. Esa es la diferencia fundamental. Ese es el combate.

Los soldados del Ejército Árabe Sirio y de las Fuerzas Armadas de Iraq son musulmanes. Los militantes kurdos son musulmanes. Todos ellos están dando su vida para derrotar a ISIS porque son laicos, porque, aunque devotos, han aceptado los límites del respeto. En Oriente Medio se matan suníes contra chiíes, pero también suníes contra suníes. Las cifras lo demuestran. No hay choque de civilizaciones.

La clave de su enfrentamiento no está en la imposición de una religión sobre otra. En medio de complejas redes de poder, lo que se está decidiendo en los campos de batalla de Siria e Iraq es la superioridad del laicismo, de la religión limitada, o de la teocracia. La idea de que los distintos pueden vivir juntos contra los que anhelan el unívoco mandato divino.

Como piensan los progresistas, eso es lo que sitúa a los laicos en el lado correcto de la historia. Por eso hay que apoyar a todas las fuerzas que tengan esa voluntad de convivencia. Pero no basta con eso.

Al contrario de lo que piensa Salman Rushdie, salir a tomar cervezas, bailar en las discotecas y besarnos en público no hará que derrotemos a los terroristas. Rabiarán, despotricarán contra nuestra impiedad, pero no acabará con ellos. El pueblo sirio era uno de los más laicos antes de la guerra. Noticias como esta lo demuestran. Toda esa tolerancia, toda la buena vecindad entre cristianos, suníes, chiíes y drusos no expulsó a ISIS de Palmira.

Las armas lo hicieron. Sólo una sociedad infantil puede pensar lo contrario. Siria es un ejemplo presente y real de ello. No nos salvarán nuestros valores. El trabajo de la policía y el esfuerzo de los pueblos que combaten en Oriente Medio lo harán. El laicismo no se impondrá a sus enemigos por la fuerza de los argumentos, sino de las armas y la ley. Los laicos, sean musulmanes, cristianos o ateos, son aliados en esta lucha global. La libertad siempre tuvo un precio.

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Soldados sirios quemando basura.

Sin indios en Dunkerque: cine y supuesto racismo

El cine es mentira. Quizás para algunos sea una sorpresa, pero es así. Lo que ocurre en una pantalla, las sucesiones de imágenes, los fotogramas, las historias, los sentimientos. Todo. Todo es una mentira maravillosa. Quizás alguien ya esté agitando los puños. «Pero oiga, los documentales.» Los documentales también son falsos.  Sólo tienen mayor apariencia de ser ciertos. Una película documental de dos horas tiene mucho metraje detrás. El proceso de edición y montaje organiza un relato siempre deliberado, nunca casual, que ordena las preferencias y simpatías del espectador hacia un lado. Nada es real en una pantalla. Ni lo son los documentales, ni lo es, por supuesto, la ficción.

El calor del verano parece haber evaporado esta idea de las mentes de muchos espectadores. Medios nacionales, como ElDiario.es, e internacionales, como el Washington Post,  se han hecho eco de los grandes pecados de Dunkerque (2017). La poca presencia de soldados franceses, la ausencia de tropas indias en el ejército británico y el telón negro sobre el enemigo alemán reflejan la maldad de un Nolan que ha sido calificado de racista y patriotero.

La cuestión es que Dunkerque no es una película histórica. El director británico no pretende contar el rescate con todo detalle, reflejando la pluralidad étnica, nacional, sexual y de género. En la hora y media de metraje no aparecen las cuatro compañías de indios que había presentes. Tampoco ninguna mujer, ni siquiera algún homosexual, y es de suponer que habría ambas cosas.

La ausencia de indios, mujeres, franceses o alemanes no responde a ninguna patología. No es reflejo del heteropatriarcado, ni del teórico racismo de Nolan, ni de nada. Es una decisión narrativa. Una medida creativa que es, además, fundamental para la singularidad que representa Dunkerque.

Quien haya acudido a las salas de cine y esté familiarizado con la filmografía de su director lo habrá notado. Interestellar (2014) duraba casi tres horas. Origen (2010), Batman Begins (2005) y sus dos secuelas (2008, 2012) superaban las dos horas y media. En todas ellas, Nolan desplegaba un enorme talento estético que luego complementaba con una vocación más bien discursiva. Es decir, había un esfuerzo titánico en la imagen, pero el peso de la historia lo llevaba la palabra hablada.

Dunkerque ha roto con todo eso. Nolan, que es soberano absoluto de su obra y no tiene obligación de representar a nadie ni de incluir cuotas, ha hecho una película de apenas hora y media donde nadie habla. El silencio antes del bombardeo, los gritos de los amputados, el atronador ruido de los motores y las ametralladoras. Eso es lo único que se escucha.

La película es un arma de precisión. Un artificio hecho para pasar por delante del espectador, arrollar a través de las sensaciones e irse. Por eso no es casualidad que sea tan breve. Por eso las quejas ante la falta de representatividad histórica son absurdas y demuestran incomprensión hacia la función más primordial del cine, que es narrar historias. Ni concienciar, ni encarnar el pluralismo social, ni enseñar historia. Incluso en un documental de tres horas se quedarían cosas sin contar, vidas sin saber, colectivos sin representar. Alguien ofendido y escribiendo en un periódico vanguardia del progresismo.

Nolan no habla del rescate, ni de la II Guerra Mundial. Utiliza la playa como excusa para algo más. Sin estar exenta de carga política, porque nada lo está, Dunkerque cuenta historias de héroes y traumas. De estoicismo y sacrificio para salvar a un puñado de desconocidos. De la guerra y la muerte a la vuelta de la esquina. Habla de cosas que este mundo ya no recuerda y que muchos quieren hacer olvidar. Dunkerque es una historia de cine sobre el ser humano. Eso es todo. Por eso es extraordinaria.

 

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