El 17 de enero de 1995, François Mitterrand pronunciaba su famoso «¡El nacionalismo es la guerra!». Lo hacía ante el Parlamento Europeo. Un órgano, al menos en teoría, que debía representar a los pueblos que habían dedicado su tiempo a intentar aniquilarse mutuamente. Sólo «la superación de la historia», decía el Presidente francés, nos permitiría acabar con las guerras y evitar conflictos futuros.

Ese sueño, el de una Europa liberada de la religiosa morralla identitaria, está cada vez más lejos. Los nacionalistas catalanes, y sus aliados de izquierdas en todo el país, llevan años haciendo creer que este movimiento es diferente a todos los demás. Lleno de amabilidad, democracia y ansias de libertades, el catalanismo se presenta como una fuerza progresista e, incluso, revolucionaria.

No lo es. El nacionalismo catalán, como cualquier otro (el francés, el serbio, el alemán, el inglés o el español) está basado en mentiras y construido sobre racismo, violencia, terrorismo e intolerancia.

Esta mañana, el negocio que los padres de Albert Rivera tienen en Granollers amanecía con una pintada. «Ciudadanos, no es vuestra tierra ni vuestra lucha». Los nacionalistas siempre se arrogan el derecho a decidir quién es digno de pisar el sagrado suelo nacional. Este delirio racista podría ser obra de cuatro chavales con demasiadas ganas de llamar la atención, pero no lo es. El racismo está en la columna vertebral del catalanismo.

Entre los padres del movimientos nacionalista, Domènec Martí i Juliá, fundador de la Joventut Federalista de Catalunya y figura importante en la Renaixença, hablaba de los inmigrantes peninsulares como «degenerados y productos de razas inferiores y además, decadentes».  Ideas similares compartió Valentín Almirall, que declaró la necesidad de «regenerar» Cataluña eliminando «lo postizo que le ha sido impuesto». Joaquim Lluhí y Rissech, político de la Lliga, afirmó también que «el nacer en tierras castellanas y ser tonto de necesidad es una misma cosa».

Esta tendencia racista del nacionalismo catalán no se quedó aislada en un oscuro rincón del siglo XX. Jordi Pujol, antes de convertirse en presidente de la Generalitat, escribió que «el andaluz es un hombre poco hecho (…) que vive en estado de ignorancia y miseria cultural». Oriol Junqueras, antes de ser el segundo hombre del gobierno catalán, publicó un artículo en el diario Avui donde glosaba las diferencias entre el ADN propio de los catalanes y el del resto de la Península Ibérica.

Uno de sus maestros, Heribert Barrera, líder histórico de ERC, llegó a decir que «el cociente intelectual de los negros de EEUU es inferior al de los blancos». Junqueras celebró su figura en los siguientes términos: «Hoy, su testimonio y su determinación en un momento crucial de la historia debería servir de faro y de ejemplo a seguir para sacar adelante un sueño antiguo, la plenitud nacional»

No es de extrañar, por tanto, que con esos precedentes, el nacionalismo catalán acabase tomando cauces violentos para limpiar el país. En 1970, nacía el Exèrcit Popular Català (EPOCA) y, en 1978, Terra Lliure, los émulos catalanes de ETA. El legado de esa violencia es algo que el actual gobierno de la Generalitat no ha condenado por completo. Por ejemplo, Josep Maria Batista i Roca, líder del Frente Nacional de Cataluña, uno de los brazos políticos de EPOCA, da nombre a una calle de Barcelona y a los premios de proyección internacional de la cultura catalana.

Este tipo de cosas no pertenecen al pasado. Carles Puigdemont, presidente de la Generalitat, anunció su intención de convocar un referéndum junto a, entre otros, Carles Sastre. Sastre era miembro del comando de EPOCA que asesinó a José María Bultó en 1977. El actual President sabe mucho de estas cosas. Puigdemont, durante su etapa como periodista en el Punt, participó en la campaña periodística para apoyar a presos y familiares de Terra Lliure y el MDT, otro de sus brazos políticos.

Hoy, el relato histórico del nacionalismo está completamente desarticulado. Sabemos que Casanova defendió Barcelona el 11 de septiembre de 1714 al grito de «La llibertat de tota Espanya». Sabemos que entre las tropas borbónicas también había catalanes. Nadie duda, salvo aquellos que saben la respuesta antes de conocer la pregunta, que el castellano llegó a Cataluña sin imposición estatal. El relato bíblico del nacionalismo es eso. Un cuento. Una mentira para dotar de sentido a las ansias de un determinado grupo de población.

El analista francés Bernard Guetta señalaba la economía como el principal origen de un movimiento como este. «En Cataluña como en Escocia, en Flandes o, en menor medida, en Córcega, pero también en el norte de Italia se han inventado la identidad nacional para camuflar el simple deseo de no compartir las riquezas con otras regiones.» El problema no tiene una explicación así de unívoca, pero es un factor más. Llama la atención que los marxistas de Podemos no presten atención a esto. Quizás no se acuerden del siguiente cartel con tufo a thatcherismo:

Cartel-CiU-Espana-Cataluna-productiva_EDIIMA20130902_0148_13

 

Lo cierto es que Cataluña ha vivido el periodo de mayor autogobierno de su historia en términos políticos, económicos y culturales. Y el origen mismo de esa autonomía, de esa libertad, está en la Constitución donde el pueblo español aparece como soberano. Dinamitar la soberanía es acabar con el origen mismo de la autonomía catalana. Atacar la Constitución y las leyes es luchar contra la fuente de sus libertades que con tanto ahínco protegen.

Nuestra soberanía, la de todos los españoles, refleja una idea: que los distintos tienen la voluntad de vivir juntos. Eso es lo que pretenden atacar. El nacionalismo catalán no está luchando por la democracia, sino por la construcción de un proyecto uniformizador y racista. Un nou país que distinga entre aliados y enemigos. Entre verdaderos catalanes y traidores. El proyecto de separación pretende imponer una «plenitud nacional» que no significa nada salvo odio por el diferente. Ya lo dijo el mentor de Junqueras, Heribert Barrera: «Antes hay que salvar a Cataluña que a la democracia».

La izquierda parece haber olvidado todo esto y hoy se muestra comprensiva con una ideología tan reaccionaria. Por eso es nuestro deber recordarlo más que nunca. No puede contestarse al nacionalismo con su propia medicina. No puede afirmarse la superioridad de «lo español» frente a «lo catalán», porque ambos son conceptos vacíos.

El enemigo de hoy es el de siempre. La superstición y la tiranía de la mentira. La voluntad de separar en base a diferencias lingüísticas, étnicas o de raza. La necesidad de hacer que lo diverso sea uniforme. Contra eso hay que pelear. Contra los violentos, contra los que señalan al disidente por la calle, no cabe la equidistancia, sino la denuncia y la crítica. El nacionalismo catalán no está luchando por romper las cadenas, sino por forjarlas más y más fuertes.

 

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