Los últimos Jedi: el fin de lo que fue

Hay spoilers. 

Star Wars nunca partió de cero.  La saga nació como consecuencia de un fracaso. Cuando George Lucas no consiguió los derechos de Flash Gordon para adaptar sus viñetas a la pantalla, tomó la decisión de fundir su concepto de space opera con otras influencias. Utilizó los diseños de Valerian, otro cómic de aventuras espaciales, para construir buena parte de los personajes más icónicos de la franquicia. Se apoyó en el concepto del héroe de Joseph Campbell para guiar el camino de Luke… Incluso las batallas aéreas entre X-wings y cazas imperiales tienen un precedente en La batalla de Inglaterra (Guy Hamilton, 1969), que Lucas y John Milius admiraron como modelo.

Nada era demasiado novedoso. En teoría. Star Wars no inventaba nada, porque todo estaba inventado. Y, sin embargo, George Lucas fue capaz de unir todo eso, todo lo existente, en un solo relato con olor a aventura, a ciencia ficción y western que consiguió lo improbable: universalidad. Cualquiera que se enfrentaba a las películas originales, sin importar sexo, edad o bagaje cultural, era capaz de verse reflejado en alguno de los personajes o claves de la historia.

La pregunta en torno a Los últimos Jedi gira sobre ese elemento. ¿Ha perdido Star Wars su esencia? Es decir, ¿ha perdido la universalidad?

Algunos defensores de la última entrega parecen pensar eso. Incluso sin pretenderlo. En este extraordinario artículo, Bárbara Ayuso argumenta que la intención de Rian Johnson es «querernos niños». «Niños que se embarcan en una aventura predispuestos a dejarse llevar sin un rumbo prefijado por cuatro décadas de historia. Sin los corsés de la veteranía, pero desde el respeto —y veneración— a la tradición.»

Hay algo de cierto en eso. El despertar de la Fuerza (J.J. Abrams, 2015) podía verse como un reboot que enganchase a las nuevas generaciones sin descuidar a la vieja base de fans, que era mimada con toneladas de nostalgia. La decisión podía cuestionarse, pero la intención de Abrams era acorde al espíritu de la saga. Seguía aspirando a la universalidad. Los últimos Jedi ha roto con todo eso. El planteamiento de Johnson es radical y rupturista. La nueva base será distinta. Como escribe Ayuso, serán niños o adultos predispuestos. La conexión con el pasado es -y será- nominal. Reducida a homenajes puntuales. «Deja morir al pasado. Mátalo si hace falta», dice Kylo Ren.

Según los favorables a la película, la desconexión no es tal. No hay revolución, sino reforma. En el centro de esa discusión ha estado el concepto de «iguales en la fuerza». Un equilibrio entre el lado oscuro (Kylo) y el lado luminoso (Rey) que explica la enorme fluctuación de poder entre ambos. Esto, que ha sido interpretado por los críticos como una de las mayores herejías, quizás sea lo más interesante en muchos sentidos. Por un lado, tiene respaldo en el universo expandido de la saga. Darth Bane, el sith creador de la regla de dos, había apoyado su decisión en que menos miembros de una orden serían capaces de recibir más poder. Y hay que recordar que la Fuerza apenas tiene representantes en el momento de Los últimos Jedi. Por otro lado, da pie a interesantes juegos de montaje cinematográfico que habilitan conversaciones entre dos personajes separados por galaxias de distancia.

Luke
Luke Skywalker

Más allá, Los últimos Jedi desconoce de manera deliberada el bagaje de una saga que, al menos en las películas, había intentado mantener un amplio grado de coherencia. El «iguales en la fuerza» no es suficiente para tapar el poco respeto al trabajo autoral de George Lucas. El papel de Luke Skywalker ha sido polémico en este sentido, por representar para unos la traición al camino de las predecesoras y para otros una continuidad lógica.

La cuestión no es si el tránsito del héroe es bueno o malo, sino si está justificado y respaldado por la historia. Y no lo está. Nada, ni en El retorno del Jedi, ni en El despertar de la Fuerza, ni en Los últimos Jedi explica el cambio de Luke. Nada revela por qué un héroe sólido, que venció al Emperador y escapó a las garras del lado oscuro, se convierte en un hombre de mediana edad titubeante y con deseos homicidas hacia los adolescentes.

Lo que importa aquí no es el cambio en sí. Que Luke acabara convertido en alguien más oscuro era algo que se sospechaba desde el episodio VI. El problema es la ausencia total de justificación. ¿Cómo se introdujeron las dudas y la oscuridad en su corazón? Sabemos cómo su padre recorrió ese camino. La rabia por la muerte de su madre, el miedo a perder a Padme, el rencor por su lugar en la Orden Jedi le hicieron caer en el Lado Oscuro. ¿Qué ocurrió para que Luke intentase matar a un niño? ¿Qué pasó antes de la rebelión de Kylo Ren, cuando Snoke ya mandaba sobre la Primera Orden? Nada se dice. Nada sabemos.

El rupturismo de Johnson no se queda ahí y sus cambios gratuitos se extienden por toda la película. Leia, a quien no se conoce adiestramiento alguno en la Fuerza, es capaz de volar desde el espacio exterior hasta una nave segura. Rey, sin pasar por un entrenamiento digno de tal nombre, es capaz de vencer a Luke, uno de los caballeros Jedi más importantes de la historia, en un duelo con palos hasta quitarle su sable láser. Esas incongruencias no pasaron desapercibidas a los fans, exigentes o no, y tampoco al mismísimo Mark Hamill.

La cuestión ideológica es quizás el elemento menos comentado en las críticas a la película. Y, lo cierto, es que Star Wars nunca estuvo exenta de política. La figura de Leia podía verse como una reinterpretación de la princesa tradicional. Una mujer que no necesitaba ser rescatada. Que tomaba el mando y era obedecida. Lo mismo ocurría con Jyn Erso en Rogue One. Las precuelas están llenas de sesiones parlamentarias, acuerdos de impuestos, ocupaciones, tratados y elecciones de canciller. El camino de Palpatine y el fin de la República es una historia sobre lo frágil de la libertad y la posibilidad de que un mal agazapado pueda triunfar.

Eran lecciones universales. Lucas se preocupaba más por mostrar, dejando al espectador sacar sus propias conclusiones, que por explicar. La sutilidad conectaba con el espíritu universal de la saga. En parte, porque no difundía un mensaje ideológico. En parte, porque las cuestiones que ponía sobre la mesa admitían discusiones e interpretaciones abiertas, lejos de difundir dogmas cerrados.

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Holdo

Disney ha dado la vuelta a esa situación. Los últimos Jedi contiene una carga ideológica que no admite interpretación y que sitúa a la franquicia más cerca de la propaganda que del cine político. Las escenas de Rose y Finn en Canto Bidge no permiten la mínima reflexión. A través de un telescopio, metáfora de la cámara de Johnson, y de la patética voz de Rose, el espectador tiene que sufrir varios minutos de pseudoreflexión política sobre las maldades de la pobreza, el maltrato animal y la guerra. El despropósito llega al punto de convertir a Chewacca, un monstruo peludo de dos metros, en vegetariano.

El centro ideológico gravita sobre la almirante Holdo (Laura Dern). En una de las principales tramas de la película, mantiene en secreto el plan para escapar de la Primera Orden. Su silencio hacia los subordinados acaba generando un motín que sirve a Johnson para reflejar el carácter impetuoso y agresivo de los hombres a través de Poe Dameron (Oscar Isaac). Ese intento metafórico de enfrentar la feminidad sabia y reposada frente a la masculinidad idiota es cuestionable. Y unos párrafos más arriba ya hemos abordado cómo la inclusión de mensajes ideológicos ha hecho mella en la universalidad característica de Star Wars. En este caso el rizo se riza porque la pretensión de que la película cuadre en la ideología del director y la productora tiene consecuencias críticas en el guion. En las dos horas y media de película no hay ningún motivo que explique el silencio de Holdo. Ni supuestos espías, ni posibles filtraciones. Nada. Su silencio, como el programa ideológico de la película, tiene mucho de provocador.

El problema de Los últimos Jedi no es la innovación. Sus críticos no lo son -no lo somos- porque hayan cambiado las cosas. Ni siquiera por la vertiente comercial -de vender juguetes y maquetas-, que también está muy presente. En el Retorno del Jedi, George Lucas quiso hacer dinero con los juguetes de los ewoks. En La amenaza fantasma, buena parte de la trama residía en intrigas palaciegas y parlamentarias, bastante ajenas al espíritu de los tres primeros episodios. El ataque de los clones nos legó memorables diálogos -en el mal sentido- sobre la arena. Todas las películas de la saga, y muy especialmente las precuelas, innovaron. Cambiaron. Todas recibieron críticas, pero su núcleo central -la universalidad- nunca se puso en tela de juicio. Desde Una nueva esperanza hasta Rogue One, Star Wars había conseguido que el espectador se imbuyera de un espíritu más grande que la vida. Una sensación -religiosa, sí- que hizo de esta saga algo distinto a todas las demás. Un lugar donde pensar sobre el sacrificio, la libertad y la muerte. Donde pensar sobre ellas. Eso es lo que Los últimos Jedi ha perdido. Su deliberado intento de introducir propaganda política, destrozando la coherencia argumental y el bagaje de la saga, ha destruido ese núcleo. Ha terminado con la universalidad. Ha perdido la magia.

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