Midsommar: compartir el fin del mundo

En los momentos finales de  Midsommar (Ari Aster, 2019) hay una escena con montaje paralelo en la que se esconde buena parte de la carga metafórica de la película. Christian (Jack Reynor) tiene relaciones sexuales con una muchacha del pueblo mientras un coro desnudo de aldeanas contempla y amplía los gemidos de los amantes. Al mismo tiempo, Dani (Florence Pugh), como consecuencia de los acontecimientos, sufre un ataque de ansiedad que es compartido por sus acompañantes. Gimen, lloran, se tambalean y gritan para acompañar en el dolor a Dani.

Es precisamente con un grito como comienza la película. Y con un grito desgarrador ponía Toni Collete en Hereditary (Ari Aster, 2018) los pelos de punta al espectador. Ambos eran el resultado de una ruptura familiar. De una desintegración del pequeño mundo que las personas comparten en su cotidianeidad.

Midsommar 1

En ambas obras, Aster hace patentes sus influencias predilectas. De nuevo, The wicker man (Robin Hardy, 1973) se convierte en el referente más claro por la similitud de sus premisas, pero en Midsommar se amplía su universo referencial. El comienzo remite a los clásicos de jóvenes perseguidos, como La matanza de Texas  (Tobe Hooper), Hostel  (Eli Roth, 2005), o cualquier otro film de teen horror como Sé lo que hicisteis el último verano, Destino final o Scream. El desarrollo floral, folklórico y luminoso ha llevado a los críticos, y al propio Aster, a citar, entre otros, a Polanski en Tess (1979), Sayat Nova (Serguei Parajanov, 1968), Holocasto caníbal (Ruggero Deodato, 1980) o Las colinas tienen ojos (Wes Craven, 1977). A ellas, por su deformación del entorno forestal como recurso de desorientación y terror, podría añadirse Anticristo (Lars Von Trier, 2009).

Con todos estos precedentes, Aster construye el reverso luminoso, pero no por ello menos terrorífico, de Hereditary. El lago que refleja la imagen deformada de un bosque o la imagen boca abajo de un coche entrando al pueblo bien puede servir como aviso del autor de que esta es la intención de su segunda película. El tenebrismo de Hereditary, la extrañeza bajo el manto de la oscuridad, muta en un ecosistema luminoso, sonriente y pictórico que se torna en espacio de horror.

Midsommar 2

Los planos cortos, los desplazamientos laterales, la narración estática (la utilización de espejos para ver las dos partes de una conversación sin cortes) o la utilización de planos amplios con disposiciones pictóricas son algunos de los ejemplos más claros de la identidad de Aster como autor.

A ello se suma una preocupación milimétrica por el detalle. Midsommar, como su antecesora, están cargadas de simbología. Ninguna línea, triángulo, imagen o reflejo están colocados al azar, sino al servicio de la construcción de un universo simbólico complejo y, en última instancia, de la pura narración.

Una narración que termina por reflejar un auténtico espíritu de época. Midsommar es un cuento de terror para el siglo XXI, para una generación saturada de trastornos mentales, de ansiedad, depresión y fármacos. La generación que asiste a una progresiva desintegración –y degradación- de la familia estructurada y de la idea de familia misma.

Pelle (Vilhelm Blomgren) lo expresa de manera clara en su conversación con Dani. Cuando no hay familia, cuando no existe arraigo, la comunidad es el único camino para la salvación. El pueblo de Midsommar lo comparte todo. Los rituales, los niños, la concepción e, incluso, la ansiedad. Bajo el sol que baña un suelo empapado de cadáveres, se encuentra la comunidad y el hogar que acoge a una víctima de un mundo que nos deja cada vez más solos.

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