La mejor serie política es francesa y de izquierdas

[Sin spoilers]

En 2013, Netflix estrenó House of Cards, la serie que marcaría toda una generación de ficción política de masas. En ella, Kevin Spacey encarnaba a Frank Underwood, un congresista estadounidense que, a través de diferentes conspiraciones, se iba haciendo con el poder. House of Cards triunfó gracias a su hábil mezcla de problemas políticos de actualidad con dosis cada vez mayores de conspiración.

Con el paso de las temporadas, la serie fue cada vez más rehén de este último ingrediente. El ocaso coincidió con el declive personal del propio Spacey, asediado por sus demandas de abuso sexual. Underwood se convirtió en un personaje histriónico, de una amoralidad patética, sin motivaciones profundas, que sólo quería ganar. Los interminables monólogos mirando a cámara terminaron por crear un personaje parodia de sí mismo. El congresista encantador y ambiguo de las primeras temporadas se convirtió en un malvado infantil que pataleaba por su dosis de poder.

Evitar esta tentación de político malvado absoluto es lo que convierte a Baron Noir en la mejor serie política de los últimos años. Su protagonista, Philip Rickwaert (titánico, Kad Merad), dirigente del Partido Socialista Francés, es una mezcla del ministro Ábalos, Alfredo Pérez-Rubalcaba y Pedro Sánchez. Un genio de las cloacas políticas, un ingeniero de las instituciones que puede caerse y resucitar.

El camino que recorre durante las tres temporadas muestra el carácter de un personaje complejo. Capaz de arriesgarse por sus aliados hasta las últimas consecuencias y dispuesto a las mayores fechorías para cortar el paso a sus enemigos. Pero no es un hombre que hace el Mal para conseguir Poder. No se queda ahí. Rickwaert es un militante socialista con una agenda política por la que él mismo está dispuesto a sacrificarse.

Eso lo convierte en el centro de un rico espectro de personajes que es el auténtico corazón del éxito de la serie. Todos y cada uno de los secundarios son específicamente franceses y, estoy seguro, adquieren resonancias muy particulares en el panorama político galo. Sin embargo, están construidos con la suficiente habilidad como para que cualquier ciudadano europeo sea capaz de reconocer en ellos a su fauna política nacional.

Una tecnócrata europea de convicciones federalistas, un viejo socialista que añora el extinto poder de la socialdemocracia europea, un ególatra izquierdista obsesionado con la teoría revolucionaria y su poder frente a las masas, un liberal centrista con mentalidad de CEO en una multinacional, una derecha incapaz de escapar de sus antiguos referentes, un populista que quiere cambiar de base las reglas de la democracia…

Todos ellos conspiran y maniobran para conseguir el poder, pero sus movimientos gravitan en torno a las elecciones y sus intereses ideológicos. Nadie quiere el poder por el poder. Baron Noir es capaz de enfrentar los diferentes posicionamientos políticos contemporáneos con temas de absoluta actualidad, como la desindustrialización, el terrorismo, la inmigración, la crisis ecológica o el avance del proyecto europeo.

Su mirada es lo suficientemente honesta como para no caer en moralismos ridículos de manera continuada, pero no es, de ninguna manera, inocente. El ejemplo más claro es su manera de abordar el Frente Nacional, dibujado desde un enfoque antisistema y objeto de los diálogos más maniqueos y comprometidos de la serie. Muy lejos de la profundidad que haría falta para afrontar algo tan rico e interesante como el panorama político que está surgiendo en la nueva derecha francesa.

Las simpatías de la historia y, naturalmente, del espectador, se dirigen hacia un personaje de izquierdas, pero es capaz de mostrar las contradicciones internas tanto del movimiento como del protagonista, construyendo una escala de grises que no hace sino engrandecer la serie. Siendo así, y pese a su habilidad para afrontar dilemas políticos, habría que prevenirse de tomar Baron Noir como un manual o una guía de actualidad.

Sí es, qué duda cabe, una serie de construcción impecable y narrativa ajustada. Con un control de los tiempos magistral y un montaje en ocasiones más cercano a lo cinematográfico que a lo televisivo. Su capacidad para pasar de un lugar a otro con fluidez o su habilidad para avanzar en el tiempo y resumir en dos claves los cambios que han sucedido son algunos ejemplos de su eficiencia narradora.

Baron Noir ha crecido con el paso de los años y, especialmente en su última temporada, se reivindica como un referente propio que, pasado el tiempo, escapará a las comparaciones con House of cards. Lo que empezó como una ficción política que añadía traición y crimen se ha convertido en un sofisticado producto dramático, en todo el sentido de la palabra, que trasciende los tópicos y las miradas partidistas, por muy presentes que estén.

Además, cada minuto de Anna Mouglalis en pantalla es un regalo de la vida por el que hay que dar gracias.

Anna Mouglalis (Amélie Dorendeu), Kad Merad (Philippe Rickwaert)

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