Joker contra el joven Papa

Hace unas semanas escribía sobre la capacidad que tienen las obras de ficción para ir más allá de sus propias historias y ayudar a comprender los grandes misterios de la vida. Hablaba sobre cómo, en ausencia de una fe religiosa, escritores tan diferentes como Javier Marías, Joe Hill o Tolkien me habían permitido dar un contexto, una explicación y una esperanza a la muerte.

He seguido meditando sobre ello durante este confinamiento. Si la religión ya no tiene el poder de vertebrar el sentido de las sociedades, ¿de qué manera refleja la ficción televisiva y cinematográfica los puntos de vista morales que habitan en nuestra realidad? Y un paso más lejos, ¿puede una serie provocadora, compleja y supuestamente posmoderna ser vehículo de un mensaje tradicional?

En el mundo moderno vivimos una erosión de los valores tradicionales. La nación, la religión, la trascendencia y la familia (o el familismo) son crecientemente sustituidos por nuevas identidades que la globalización y el individualismo han traído de la mano. Sin embargo, el proceso no se ha terminado de consolidar. Y en ese espacio intermedio que habitamos, surgen dos polos y sus diferentes manifestaciones políticas.

Por un lado, el nihilismo, que quiere profundizar hasta el extremo el proceso de erosión. Es decir, derribar todos los consensos tradicionales y discutir qué mundo nuevo se construye sobre las ruinas. Por otro, el tradicionalismo, que quiere revertir los cambios o, al menos, asumirlos poco a poco sin destrozar los cimientos de la vieja civilización.

Joker es el ejemplo más perfecto de nihilismo contemporáneo. Como Dani Gómez Aragonés y Gonzalo Rodríguez explicaban recientemente en uno de sus coloquios, la película de Todd Philipps no tiene luz. No existe una confrontación entre los valores de la bondad y la justicia contra el caos y la violencia. Todo es maldad, injusticia, caos y violencia. Los chavales más bajos de un barrio, los yuppies financieros, la burguesía pudiente. Toda la sociedad, verticalmente, está podrida y no hay nada que se pueda hacer por solucionarlo.

El protagonista, Arthur Fleck, no es necesariamente una mala persona. Es la sociedad la que lo convierte en un monstruo sonriente. En el ámbito de la familia encuentra maltrato y engaño. En el  trabajo marginación y desprecio. En la calle no hay más que miedo y palizas. El amor sólo es posible como una aberración mental o como acoso. En un mundo sin ningún tipo de vertebración sólida, ¿qué queda sino entregarse a la violencia desesperada? Arrasarlo todo, sin ni siquiera la esperanza de que surja algo mejor después.

Nuestras sociedades todavía no han llegado al nivel de degradación que se muestra en el Joker, pero los primeros pasos en el camino están dados. Como Fleck, mi generación se ha criado en un mundo sin los asideros tradicionales. En una crítica constante e irrefrenable de todo lo que nos ha precedido. Descartando el pasado como inútil y opresivo, nos hemos descartado a nosotros mismos como resultado que somos de ese pasado. Hemos intentado sustituir el conocimiento acumulado de nuestros antepasados por experimentos modernos, ilusiones vanas, que no han hecho sino condenar a la humanidad al trastorno y la tragedia.

El filósofo Gregorio Luri lo define así en La imaginación conservadora: “La omnipresencia de la mirada crítica que (…) da lugar a las almas disconformes, que no pueden mirarse sin sentir una cierta vergüenza, por no estar a la altura de las ilusiones que se han proyectado sobre sí mismas y que ni tan siquiera saben disfrutar con lo que poseen, a pesar de las ofertas de bienestar psicológico que las bombardean continuamente”.

Joker

Frente a esta mirada, se sitúa The New Pope, la serie creada por Paolo Sorrentino para HBO. Como todos los productos de su director, la historia del joven Papa Pio XIII admite cualquier cosa salvo consensos sobre su mensaje. Algunos la pueden ver como herética y provocadora, otros como una brutal sátira de la Iglesia y sus viejos pecados. Puede que haya algo de todo eso. Hay irreverencia, provocación y sátira, pero hablar de ello sería quedarse en la capa más superficial.

Para mí, The New Pope  es portadora de los valores que han hecho mejor a los hombres desde el principio de los tiempos. Como hiciera Pasolini con su Evangelio según San Mateo, aquí, un director provocador, moderno y no católico es capaz de transmitir con pasión un mensaje profundamente cristiano.

En el capítulo final de la serie, Pio XIII da un bellísimo discurso sobre la fe y la vida.

“A veces confundimos amor con locura. Belleza con éxtasis. La historia se ha vuelto a repetir. La locura y el éxtasis, una vez más, se han vuelto a revelar como tentaciones irresistibles, pero siempre acaban con una muerte injusta. (…) Hay una vida de felicidad que se puede encontrar en la esfera de la gentileza, la amabilidad, la mansedumbre y la benevolencia. Debemos aprender a estar en el mundo. Y la Iglesia debe contemplar la idea de abrirse al amor posible para así combatir el amor aberrante.

(…)

¿Sabéis que es lo maravilloso de las preguntas? Que no tenemos las respuestas. Al final, sólo Dios tiene las respuestas. Son su secreto. El secreto de Dios que sólo Él conoce. Ese es el misterio en el que creemos. Ese es el misterio que guía nuestra conciencia“

Aceptar la incertidumbre de la vida y asumir los acontecimientos sabiendo que nunca llegaremos a entender del todo por qué. En unas pocas líneas, Sorrentino condensa el mismo mensaje que Joseph Ratzinger, Benedicto XVI, dejaba por escrito en su Introducción al cristianismo: “La libertad es la estructura necesaria del mundo, y esto significa que el hombre sólo puede comprender el mundo como incomprensible, que el mundo sólo puede ser incomprensibilidad.” Es decir, abandonar una mirada excesivamente crítica y arrogante que cree poder explicar cualquier fenómeno del mundo. Una mirada que lleva, de manera inevitable, al nihilismo.

Quizás en esos límites a nuestro entendimiento podamos encontrar la auténtica libertad. Un George Orwell desengañado del comunismo manifestó su preferencia por la ingenua adhesión del hombre de la calle a valores concretos que la supuesta grandeza de las teorías emancipadoras. La gentileza, la amabilidad y la benevolencia no son valores con los que escribir en mayúsculas utópicas el progreso de la historia, pero hacen la vida mejor. Nos permiten avanzar y nos salvan del caos. No garantizan el futuro, pero construyen los suficientes asideros como para no caer en el pozo de la desesperación.

Gregorio Luri concibe al hombre como un ser anfibio por su inestable equilibrio entre la política (el orden) y la naturaleza. “Platón sabía bien que el hombre es capaz de aspirar a ser como dioses y de caer en la degradación de la infrahumanidad. En el hombre hay una naturaleza salvaje con la fuerza de un león que lo impulsa hacia lo peor pudiendo hacer de él una bestia monstruosa y policéfala. Para amansar al león es necesaria la energía de un león. Por eso, sin la «atadura divina» de una educación adecuada, proporcionada por la ley colectiva de la ciudad, el hombre no sólo se degrada sino que se convierte en la más salvaje de las criaturas que produce la tierra”.

Sin familia, sin trascendencia y sin comunidad política, el hombre no es más que un animal violento que se revuelve contra su entorno hasta destruirlo.  Eso es el Joker y hacia eso puede dirigirse una sociedad sin pilares en los que apoyarse. Pio XIII y The New Pope son el reverso luminoso. Nos abren la posibilidad de una existencia fundamentada en los valores que nos ha legado la historia sin cerrarnos al devenir futuro. Una vida que no nos hunda en el abismo, sino que nos permita ascender y hacernos mejores. Es la vieja historia que nunca acaba. El bien contra el mal. La luz contra la oscuridad.

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