La guerra de nuestro tiempo

La semana pasada, en Minneapolis, un hombre de raza negra llamado George Floyd moría como consecuencia de una inmovilización policial. Según la autopsia pública, sus numerosas enfermedades previas habrían causado el fatal desenlace. Según la autopsia encargada por la familia, sería la pierna del policía lo que habría provocado la muerte de Floyd. Desde el momento en que las imágenes se hicieron públicas, miles de manifestantes de todas las procedencias empezaron a colapsar las principales ciudades de Estados Unidos mediante protestas y disturbios violentos.

En unos pocos días, la solidaridad con el movimiento se ha extendido por todo el mundo. Algunos gobiernos, como el chino o el español, han condenado el supuesto racismo de las instituciones americanas y han mostrado su apoyo a grupos revolucionarios como Antifa y Black Lives Matter, que tienen crímenes de sangre a sus espaldas. También empresas como Netflix, Amazon, Spotify, Nike, Adidas o el Banco Santander se han sumado a la campaña, saludando a los participantes y llamando a la reforma del sistema. Mientras, Ámsterdam y París celebraban importantes manifestaciones y las redes sociales se llenaban de pantallas en negro contra la discriminación.

Se ha establecido así, a derecha e izquierda, un nuevo consenso mundial. Un consenso basado en la existencia de un sistema racista que utiliza la policía y las instituciones para perseguir, oprimir y matar a los negros. No sólo en Estados Unidos, sino en todo el mundo occidental.

Los datos contradicen la existencia de ese supuesto racismo sistemático e institucionalizado. Un vistazo a las estadísticas de muertos por arma de fuego policial en Estados Unidos demuestra que las principales víctimas de las fuerzas del orden son blancos.

Visto de forma más específica, hay dos datos que podrían dar la razón a los críticos. Los negros son el 24% de las víctimas, pese a representar el 13% de la población. Además, tienen tres veces más posibilidades de caer ante la policía que un blanco. Sin embargo, esos números se matizan cuando hablamos de víctimas desarmadas, donde blancos y negros tienen casi las mismas posibilidades de morir, y cuando vemos mayor proporción y presencia de negros en la delincuencia americana.

Tal y como argumentaba Miguel-Anxo Murado en La Voz de Galicia:

«Lo que se ha encontrado es que el número de sospechosos de raza negra muertos a manos de la policía se corresponde con el que cabría esperar de la distribución étnica de la delincuencia: los afroamericanos son sólo el 12 % de la población, pero cometen más de la mitad de los homicidios y robos y el 70 % de los delitos relacionados con las drogas. Esto hace que sus interacciones con la policía, a veces letales, sean más frecuentes. Los estudios tampoco muestran que los policías blancos tiendan a protagonizar estos incidentes más que los de otras etnicidades cuando el sospechoso es de raza negra.»

Y continuaba: «la idea de estudiar el racismo de la policía a partir de estas muertes violentas es ya un error de partida, porque son un mal indicador. Solo se producen tiroteos en quinientos de cada millón y medio de arrestos, y solo una fracción de esos tiroteos resultan en muertes. Aunque las dimensiones de la población de Estados Unidos alimenten la impresión de una «epidemia de muertes a manos de la policía», estas son en realidad un hecho excepcional, demasiado como poder medir con él un fenómeno como el racismo.»

Pese a los insultos a los que fue sometido, lo único que hizo el periodista fue poner las cosas en perspectiva. La violencia policial es un problema complejo, igual que la proporción de negros en la delincuencia. Influyen factores de todo tipo y no caben explicaciones, ni soluciones unidireccionales simples. Y mucho menos historias románticas de opresores contra oprimidos.

Si los datos demuestran lo contrario, cabría preguntarse por qué sectores mayoritarios de nuestras sociedades han comprado el mensaje de organizaciones extremistas, asumiendo que existe una violencia organizada hacia los negros y apoyando manifestaciones destructivas.

La respuesta, como a otras tantas cuestiones, está en la hegemonía cultural de la izquierda. Una hegemonía que ha construido narrativas inventadas al servicio de intereses ideológicos y de poder.

En realidad, no importan las causas de la muerte de Floyd, ni el número de víctimas de la policía. No les importa la verdad, porque es el mayor obstáculo en su camino a construir una realidad inventada. Y sólo mediante esa realidad inventada pueden justificar la violencia y su proyecto de destrucción del sistema.

El punto central de su relato ha sido la construcción del enemigo. Desde hace tiempo, la hegemonía cultural progresista ha convertido al oponente político en un enemigo monstruoso. Contra un ciudadano que tiene ideas diferentes hay que discutir y competir en elecciones limpias, contra un racista, machista y homófobo que impide el avance de la sociedad, cualquier método es legítimo. Incluida, por supuesto, la violencia.

Bajo este prisma, se explican muchas de las actitudes políticas de hoy en día.

Un estudio de J. Graham, B. A. Nosek y J. Haidt muestra que, cuando un votante de derechas es preguntado por cómo respondería un votante de izquierdas sobre diversos dilemas morales, acierta de media mucho más que si el de izquierdas es preguntado sobre la derecha. En otro estudio del Cato Institute, y ante la pregunta de si podrían ser amigos de un votante contrario, el 61% de los votantes de Clinton veían muy difícil confraternizar con un votante republicano, mientras que sólo el 34% de los votantes de Trump veían complicado tramar amistad con un votante demócrata.

Es decir, para buena parte de los votantes de izquierdas, un derechista ya no es alguien con quien debe convivir en aras de la pluralidad social, sino una bestia a la que no acercarse. No es algo exclusivo de Estados Unidos. En España, este tipo de discursos encaminados a la deshumanización del adversario los ha protagonizado el vicepresidente del gobierno. Hace pocas semanas, se refería al tercer partido del país, con más de tres millones y medio de votantes, como una «inmundicia» a la que había que «quitarse de en medio». No fue escandaloso para nadie.

Con una construcción del enemigo tan exitosa a nivel mundial, se entiende que las sociedades occidentales estén aplaudiendo con entusiasmo la ola de violencia nihilista que azota Estados Unidos.

Por todas las redes sociales se leen opiniones como como «Violencia no es pegar a un policía. Violencia es el racismo sistémico». Algunos periodistas, como Emilio Domenech, han ido más lejos. Ayer mismo compartía un vídeo donde un policía había sacado su arma de fuego frente a los manifestantes. Le parecía criticable, pese a que, segundos antes, se veía caer a un agente al suelo después de recibir un martillazo en la cabeza.

Al mismo tiempo, Contexto publicaba un artículo de Ignasi Gonzalo-Salellas donde se justificaba la quema de ciudades como «única forma de patriotismo para los excluidos». Poco importa que lo que se estén quemando sean los negocios que suponen la única vía de ganarse la vida para buena parte de la clase trabajadora americana.

No estamos, por lo tanto, ante un movimiento que clama justicia, sino ante un alzamiento revolucionario. Se han creado las condiciones para que la realidad no importe, se ha fabricado un enemigo a batir y se han construido las excusas necesarias para que cualquier medio, por violento que sea, esté justificado en aras del «progreso» y la resolución de la injusticia.

Una parte de Occidente, como los partidos de extrema izquierda, se suben a la ola porque saben que, cuanto peor sea la situación, más fácil tendrán la implantación de sus objetivos políticos. Otra parte se ha entregado. Se ha arrodillado y ha asumido el relato que los culpabiliza. Sienten un pecado colectivo que les mancha. Por nacimiento, son racistas, machistas, colonialistas y homófobos. Necesitan agachar la cabeza y limpiarse. Deconstruirse para ser aceptados en la nueva sociedad. Así se explica el espectáculo de gente arrodillada, e incluso besando los pies de activistas negros, para demostrar su compromiso contra la discriminación.

Los demás, los que nos oponemos a todo lo anterior, debemos resistir y llamar a las cosas por su nombre, como pedía Tucker Carlson la noche del lunes. No es una movilización, es un disturbio revolucionario. No persiguen justicia, persiguen el poder. No quieren el bienestar de todos, quieren el sometimiento. No quieren democracia, quieren dictadura. No quieren convivir, quieren imponerse. Es la vieja lucha de clases camuflada como lucha de razas. Black Lives Matter y Antifa no son mártires de la libertad, son terroristas e insurrectos. Esto no trata de negros contra blancos, como demuestra la muerte de policías negros en defensa del orden. Esto es libertad contra servidumbre.

Bajo la bandera de la revolución, sólo hay tiranía, nihilismo y ruina. La defensa del orden es la única garantía de libertad y justicia. Que cada uno elija bando y se responsabilice de las causas que aplaude.