Mantener vivo el fuego: Historia de los visigodos

Hace semanas me encontré en televisión con un anuncio que comenzaba así: «Ataulfo, Teodorico, Sisebuto, Gundemaro, Sigerico, Teodoredo, Turismundo. ¿Sabes qué tienen en común la lista de los reyes godos y tu primer préstamo con Moneyman? Que ambos tienen cero interés.»

En la era de la ofensa generalizada, uno podría esperar algún comunicado del gremio de historiadores exigiendo una satisfacción, pero no ha ocurrido. Quizás estén acostumbrados. Desde los años del franquismo, cuando la era visigoda se resumía en una lista de nombres raros, el periodo que medió entre el final del Imperio Romano y la ocupación musulmana ha caído en el olvido, en la burla o en el tópico. ¿Quién no ha escuchado a su padre contar con horror las collejas que daba el maestro por olvidarse a Walia o fallar en Recaredo?

Contra la burla, el tópico y, sobre todo, contra el olvido, se ha levantado Daniel Gómez Aragonés con la Historia de los Visigodos, publicado por Almuzara. Su libro, que bien podría leerse como una segunda parte de Bárbaros en Hispania (publicado en La Esfera), cumple todos los requisitos de una gran obra de divulgación histórica. Por un lado, maneja las fuentes del periodo. Nos sumerge en los escritos de Jordanes, Procopio de Cesarea o San Isidoro de Sevilla. Por otro, ejerce como portal, como punto de encuentro para los principales estudiosos del Regnum Gothorum. Así, el lector, que recorre la historia del pueblo godo desde sus orígenes hasta su fin como reino hispánico, encuentra en cada etapa, en cada capítulo, una cuidada selección bibliográfica para aumentar los conocimientos y la información que por cuestiones de espacio, agilidad y dinamismo no han cabido en el texto.

Si esto fuera todo, Historia de los visigodos sería un buen libro. Una curiosa fuente de información, una reivindicación interesante de un periodo desconocido y, con el paso del tiempo, algo olvidado en una biblioteca. Sin embargo, el autor ha hecho lo posible para que no sea así. Junto al rigor histórico y académico se adivina una voz apasionada por este tiempo. Daniel no se esfuerza por mantener en todo momento un tono rígido y sobrio. Y hace muy bien. Cuando habla de batallas, de reyes y tradiciones acaba estableciendo un diálogo entusiasmado con el lector. «¿No es esto digno de una gran película? ¿O de Juego de Tronos?», se pregunta varias veces.

Ese tono tan personal acaba dotando al libro de un enfoque diferente al que algunos estamos acostumbrados a ver en el ensayo histórico. El autor no sólo narra, analiza y explica los hechos, los grandes personajes y su importancia de manera material. Impregna todo de algo más. De una mirada que se preocupa por el mito, el símbolo, la épica, la tradición y la identidad. Caminando la senda de Joseph Campbell, a quien cita en su prólogo («Los mitos son pistas de las potencialidades espirituales del ser humano»), Daniel nos habla de la importancia de los símbolos y las narraciones que nos conectan con nuestro pasado más remoto. Así, conocemos las canciones que los godos cantaban sobre sus gestas guerreras, la importancia del ceremonial en la coronación de los monarcas y el simbolismo de Toledo, la ciudad goda, la Urbs Regia, la ciudad de los reyes, la capital histórica de España, que rivalizaba en belleza con la mismísima Constantinopla.

En este tiempo del desarraigo, el lector se encontrará con un libro de historia que le habla de quién es. Como bien dice Daniel en su epílogo, el Reino Visigodo, con sus luces y sombras, es el germen de la actual España. Leovigildo y Recaredo, nuestros padres de la patria primigenios, tomaron la herencia de Roma y crearon algo nuevo. Una tierra unida bajo un mismo rey y un mismo Dios. Gobernada por una ley que debía aplicarse sin distinción a godos e hispanorromanos. Un mismo pueblo unificado para la historia que, pese a su caída, nunca fue olvidado. El ideal de la unión, la restauración y engrandecimiento del reino perdido, inspiró a numerosos gobernantes de nuestra historia y sus ecos llegan hasta los días que hoy vivimos. Daniel nos ha enseñado a recordar. En nosotros está ahora la responsabilidad de mantener vivo el fuego godo.

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Además de escribir libros estupendos, Daniel forma parte de Paseos Toledo Mágico, las mejores rutas culturales de Madrid y Toledo. Los podéis encontrar aquí .

Muñecas encantadas y tableros de ouija: simetrías en el terror contemporáneo

El modelo de producción de cine de terror actual, apoyado en buena medida sobre el concepto de franquicia, ha generado simetrías curiosas. En 2014 se estrenaba Annabelle como parte del incipiente universo expandido del Expediente Warren de James Wan. La película se abría con una escena cargada de estilo. Desde la ventana de una habitación, y al tiempo que se apagaban las luces, el espectador podía observar un crimen al otro lado de la calle que despertaba a la protagonista. A partir de ahí, Annabelle se diluía en efectos de posproducción y una interminable carga de sustos. Sin embargo, su continuación, Annabelle Creation (David F. Sandberg, 2017), concebida como precuela y explicación de los orígenes, demostraba una propuesta de mucho mayor calado. La atención al detalle y el hábil manejo de los silencios se sumaban a una tremenda personalidad de artista (esa introducción a la casa del horror a ritmo de jazz). La genial actuación de Lulu Wilson, la niña protagonista, culminaba una cinta meritoria, a la altura de las firmadas por Wan.

Ese mismo esquema en el que la continuación, a modo de precuela, supera a su antecesora se repite en Ouija (2014). La película de introducción, dirigida por Stiles White, también arrancaba con un detalle de estilo. Un suicidio, quizás inducido, en el que la víctima utilizaba una cuerda luminosa. El cuerpo caía por las escaleras fuera de plano hasta situarse frente a la mirada del espectador como un raro cuadro de luz y muerte. Tras aquello, Ouija se convertía en un slasher rutinario con unos diálogos cercanos a la parodia referencial del estilo Scary Movie.

Sus carencias quedan todavía más al descubierto frente a su precuela, Ouija: el origen del mal (2016), donde encontramos de nuevo a Lulu Wilson como protagonista. En ella, Mike Flanagan reivindica la importancia del lenguaje. Sobre una base argumental heredada, limitada por su antecesora, construye una película completamente distinta.

Como hiciera James Wan en Expediente Warren, los espacios tradicionales del terror gótico y clásico se convierten en el lugar donde habitan los monstruos. Debajo de las camas, en el quicio de las puertas… el mal se esconde donde el espectador no puede verlo pero sí intuirlo. Flanagan es capaz de orientar siempre la mirada, llegando a establecer juegos de persecución donde el objeto de terror escapa permanentemente hacia el fuera de campo hasta el momento justo. Su aparición no es necesariamente estrambótica y subrayada por el ruido. Puede aparecer como estruendo, pero también como deformación bajo un enorme silencio. Tensión, sorpresa y terror precisamente ajustados.

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Lulu Wilson y su iluminación en Ouija: el origen del mal

No terminan ahí los aciertos de la película. La profundidad de campo es aprovechada y combinada con el silencio y la sutilidad. Mientras en primer plano se desarrolla la vida cotidiana, mientras alguien duerme, habla o sueña, en el fondo de la imagen siempre pasa algo. Se mueve una sombra, unos ojos miran, alguien observa. Nada de eso está remarcado por la música en la posproducción. Ocurre bajo una perfecta sutilidad, bajo un silencioso terror.

Estos elementos de estilo, de movimiento caligráfico con la cámara para desarrollar la acción, se mezclan con planos más estáticos, simétricos e, incluso, pictóricos, donde la luz juega un papel fundamental. Durante la película, vemos a Linda (Lulu Wilson) bajo diferentes luminosidades que remarcan lo que su gesto denota, el desarrollo del mal bajo su piel. A veces son dos puntos de luz tras sus ojos, a veces, una sombra que se cierne sobre ella.

Flanagan crea así una mezcla de casa encantada y exorcismo. Su habilidad en el control del lenguaje cinematográfico ratificaba su trayectoria después de haber dirigido ya grandes cintas de género como Oculus: El espejo del mal (2013) o Hush (2016) y lo consolidaba como uno de los grandes nombres del terror actual, popularizado por sus adaptaciones de Stephen King y sus series para Netflix.

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Simetría e iluminación. Un plano genial de Ouija: el origen del mal. 

Algunas preguntas sobre el fin del mundo

Durante los años de colegio, y bajo las etiquetas de «Conocimiento del medio», «Ciencias sociales» o «Historia», los profesores nos enseñaban un puñado de fechas que cambiaron el mundo. El descubrimiento de América, la Revolución Francesa o la caída del Imperio Romano funcionaban como balizas, puntos de inicio y final, que acotaban y clasificaban las edades del hombre.

De todos aquellos eventos, el fin de Roma era el que evocaba imágenes más vívidas en mi mente infantil. Animado por los peplum que ponían los domingos en Telemadrid y las ilustraciones de los libros de historia, me imaginaba el momento como una orgía de fuego (aunque no sabía lo que significaba orgía), destrucción y música apocalíptica de fondo. Una mezcla de Thomas Cole y tecnicolor.

Esa es la imagen que pervive en el imaginario popular hoy en día. La caída de Roma como la maldición de Valyria. Un fuego caído del cielo, en forma de bárbaros, que arrasó con una civilización a la vez refinada y decadente.

En su libro, En el fin de Roma, Santiago Castellanos se pregunta por qué. ¿Por qué consideramos el 476 como el final del Imperio? ¿Lo percibieron los romanos de entonces como un cambio de época? ¿De verdad existió una ruptura tan clara o primaron las dinámicas de continuación? ¿Qué intereses subyacían en la época para que la imagen de la caída de Roma tenga un aura tan catastrófica?

Con una mezcla de análisis arqueológico y una inmensa labor documental, el autor clarifica todas estas cuestiones. La imagen que aparece ante el lector, sobre todo ante el no experto, es fascinante.

En el año 476, cuando Odoacro depuso a Rómulo Augústulo, proclamándose rey de Italia y enviando los símbolos imperiales al emperador romano de Oriente, ningún autor contemporáneo habla de fin de época. Nadie percibió ese hecho como una ruptura radical, ni mucho menos como un cambio de era. Sería unas décadas después, en el marco de una operación de propaganda, cuando la corte de Justiniano empezara a hablar del 476 como fecha definitiva. Necesitaban presentar aquellos eventos como una catástrofe que él, con su invasión de Occidente, solucionaría. El Imperio había terminado en el oeste. Justiniano, emperador romano de Oriente, lo restauraría en toda su gloria.

Nuestra visión de la caída de Roma es hija de aquella propaganda. La ciudad no se construyó en un día y tampoco fue destruida en una noche. En el 476, ya había sido saqueada dos veces, en el 410 por los godos de Alarico y en el 455 por los vándalos de Genserico, y volvería a ser saqueada por los godos en el 546 tras expulsar a los romanos orientales de la ciudad que habían tratado de recuperar.

Las instituciones romanas arrastraban un proceso de crisis que se disparó en el reinado de Honorio y ya no pudo detenerse pese a los diferentes intentos de solución por parte de las élites. Las razones no son abordables en este espacio. El hecho es que los bárbaros cruzaron el Rin en el 406 y ocuparon vastas extensiones de terreno imperial. Sirvieron como soldados, ayudaron a vencer a Atila y, finalmente, lucharon entre sí, contra Roma y fundaron sus propios reinos.

Acabaron conviviendo con la población local, adorando a un mismo Dios, que también tardaría en consolidarse, y creando una arquitectura política que era en sí misma deudora de Roma. Cuando Rómulo Augústulo entregó su corona, sus dominios se circunscribían a la península itálica. Hispania, África, Britania y casi toda la Galia se hallaban en poder de los incipientes gobiernos bárbaros.

Para algunos, como el hispano Hidacio, que murió antes del 476, los hechos eran la prueba de que el fin del mundo se encontraba cerca. Su tono apocalíptico sí da la imagen de una tragedia. Para otros, como buena parte de la élite romana, no implicó ningún fin, sino la apertura de un proceso de negociación del poder. De cambio en las instituciones donde debían moverse rápido para retener porciones de influencia bajo unas instituciones mutadas y unos nuevos gobernantes para los que ahora debían ser útiles.

No llegó el fin de los tiempos, pero sí terminó un tiempo. No lo hizo en un día, tampoco en un año, ni en una década. Fue un proceso con causas profundas, arraigadas en el suelo, cuyas consecuencias se fueron manifestando hasta convertirse en irreversibles.

Los días que vivimos no son los mismos que vivieron los romanos del siglo V. Sin embargo, leer sobre el fin de Roma puede hacernos reflexionar. ¿Estamos en una época de decadencia, o, al menos, de transformación profunda? ¿Somos capaces de darnos cuenta? ¿Sabremos reconocer el fin de nuestra era? ¿Quién será el agente externo transformador? ¿Y el interior? ¿Qué ideas están asumiendo las élites para afrontar esta situación? ¿Participan en esa ola de cambio o la intentan frenar? ¿A qué Dios adorarán nuestros hijos? ¿Estudiarán en quince siglos nuestras opiniones para saber si nos dábamos cuenta de lo que estaba pasando?

¿Qué año será nuestro 476? ¿Está cercano? ¿Lo hemos vivido ya?

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