Los últimos Jedi: el fin de lo que fue

Hay spoilers. 

Star Wars nunca partió de cero.  La saga nació como consecuencia de un fracaso. Cuando George Lucas no consiguió los derechos de Flash Gordon para adaptar sus viñetas a la pantalla, tomó la decisión de fundir su concepto de space opera con otras influencias. Utilizó los diseños de Valerian, otro cómic de aventuras espaciales, para construir buena parte de los personajes más icónicos de la franquicia. Se apoyó en el concepto del héroe de Joseph Campbell para guiar el camino de Luke… Incluso las batallas aéreas entre X-wings y cazas imperiales tienen un precedente en La batalla de Inglaterra (Guy Hamilton, 1969), que Lucas y John Milius admiraron como modelo.

Nada era demasiado novedoso. En teoría. Star Wars no inventaba nada, porque todo estaba inventado. Y, sin embargo, George Lucas fue capaz de unir todo eso, todo lo existente, en un solo relato con olor a aventura, a ciencia ficción y western que consiguió lo improbable: universalidad. Cualquiera que se enfrentaba a las películas originales, sin importar sexo, edad o bagaje cultural, era capaz de verse reflejado en alguno de los personajes o claves de la historia.

La pregunta en torno a Los últimos Jedi gira sobre ese elemento. ¿Ha perdido Star Wars su esencia? Es decir, ¿ha perdido la universalidad?

Algunos defensores de la última entrega parecen pensar eso. Incluso sin pretenderlo. En este extraordinario artículo, Bárbara Ayuso argumenta que la intención de Rian Johnson es «querernos niños». «Niños que se embarcan en una aventura predispuestos a dejarse llevar sin un rumbo prefijado por cuatro décadas de historia. Sin los corsés de la veteranía, pero desde el respeto —y veneración— a la tradición.»

Hay algo de cierto en eso. El despertar de la Fuerza (J.J. Abrams, 2015) podía verse como un reboot que enganchase a las nuevas generaciones sin descuidar a la vieja base de fans, que era mimada con toneladas de nostalgia. La decisión podía cuestionarse, pero la intención de Abrams era acorde al espíritu de la saga. Seguía aspirando a la universalidad. Los últimos Jedi ha roto con todo eso. El planteamiento de Johnson es radical y rupturista. La nueva base será distinta. Como escribe Ayuso, serán niños o adultos predispuestos. La conexión con el pasado es -y será- nominal. Reducida a homenajes puntuales. «Deja morir al pasado. Mátalo si hace falta», dice Kylo Ren.

Según los favorables a la película, la desconexión no es tal. No hay revolución, sino reforma. En el centro de esa discusión ha estado el concepto de «iguales en la fuerza». Un equilibrio entre el lado oscuro (Kylo) y el lado luminoso (Rey) que explica la enorme fluctuación de poder entre ambos. Esto, que ha sido interpretado por los críticos como una de las mayores herejías, quizás sea lo más interesante en muchos sentidos. Por un lado, tiene respaldo en el universo expandido de la saga. Darth Bane, el sith creador de la regla de dos, había apoyado su decisión en que menos miembros de una orden serían capaces de recibir más poder. Y hay que recordar que la Fuerza apenas tiene representantes en el momento de Los últimos Jedi. Por otro lado, da pie a interesantes juegos de montaje cinematográfico que habilitan conversaciones entre dos personajes separados por galaxias de distancia.

Luke
Luke Skywalker

Más allá, Los últimos Jedi desconoce de manera deliberada el bagaje de una saga que, al menos en las películas, había intentado mantener un amplio grado de coherencia. El «iguales en la fuerza» no es suficiente para tapar el poco respeto al trabajo autoral de George Lucas. El papel de Luke Skywalker ha sido polémico en este sentido, por representar para unos la traición al camino de las predecesoras y para otros una continuidad lógica.

La cuestión no es si el tránsito del héroe es bueno o malo, sino si está justificado y respaldado por la historia. Y no lo está. Nada, ni en El retorno del Jedi, ni en El despertar de la Fuerza, ni en Los últimos Jedi explica el cambio de Luke. Nada revela por qué un héroe sólido, que venció al Emperador y escapó a las garras del lado oscuro, se convierte en un hombre de mediana edad titubeante y con deseos homicidas hacia los adolescentes.

Lo que importa aquí no es el cambio en sí. Que Luke acabara convertido en alguien más oscuro era algo que se sospechaba desde el episodio VI. El problema es la ausencia total de justificación. ¿Cómo se introdujeron las dudas y la oscuridad en su corazón? Sabemos cómo su padre recorrió ese camino. La rabia por la muerte de su madre, el miedo a perder a Padme, el rencor por su lugar en la Orden Jedi le hicieron caer en el Lado Oscuro. ¿Qué ocurrió para que Luke intentase matar a un niño? ¿Qué pasó antes de la rebelión de Kylo Ren, cuando Snoke ya mandaba sobre la Primera Orden? Nada se dice. Nada sabemos.

El rupturismo de Johnson no se queda ahí y sus cambios gratuitos se extienden por toda la película. Leia, a quien no se conoce adiestramiento alguno en la Fuerza, es capaz de volar desde el espacio exterior hasta una nave segura. Rey, sin pasar por un entrenamiento digno de tal nombre, es capaz de vencer a Luke, uno de los caballeros Jedi más importantes de la historia, en un duelo con palos hasta quitarle su sable láser. Esas incongruencias no pasaron desapercibidas a los fans, exigentes o no, y tampoco al mismísimo Mark Hamill.

La cuestión ideológica es quizás el elemento menos comentado en las críticas a la película. Y, lo cierto, es que Star Wars nunca estuvo exenta de política. La figura de Leia podía verse como una reinterpretación de la princesa tradicional. Una mujer que no necesitaba ser rescatada. Que tomaba el mando y era obedecida. Lo mismo ocurría con Jyn Erso en Rogue One. Las precuelas están llenas de sesiones parlamentarias, acuerdos de impuestos, ocupaciones, tratados y elecciones de canciller. El camino de Palpatine y el fin de la República es una historia sobre lo frágil de la libertad y la posibilidad de que un mal agazapado pueda triunfar.

Eran lecciones universales. Lucas se preocupaba más por mostrar, dejando al espectador sacar sus propias conclusiones, que por explicar. La sutilidad conectaba con el espíritu universal de la saga. En parte, porque no difundía un mensaje ideológico. En parte, porque las cuestiones que ponía sobre la mesa admitían discusiones e interpretaciones abiertas, lejos de difundir dogmas cerrados.

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Holdo

Disney ha dado la vuelta a esa situación. Los últimos Jedi contiene una carga ideológica que no admite interpretación y que sitúa a la franquicia más cerca de la propaganda que del cine político. Las escenas de Rose y Finn en Canto Bidge no permiten la mínima reflexión. A través de un telescopio, metáfora de la cámara de Johnson, y de la patética voz de Rose, el espectador tiene que sufrir varios minutos de pseudoreflexión política sobre las maldades de la pobreza, el maltrato animal y la guerra. El despropósito llega al punto de convertir a Chewacca, un monstruo peludo de dos metros, en vegetariano.

El centro ideológico gravita sobre la almirante Holdo (Laura Dern). En una de las principales tramas de la película, mantiene en secreto el plan para escapar de la Primera Orden. Su silencio hacia los subordinados acaba generando un motín que sirve a Johnson para reflejar el carácter impetuoso y agresivo de los hombres a través de Poe Dameron (Oscar Isaac). Ese intento metafórico de enfrentar la feminidad sabia y reposada frente a la masculinidad idiota es cuestionable. Y unos párrafos más arriba ya hemos abordado cómo la inclusión de mensajes ideológicos ha hecho mella en la universalidad característica de Star Wars. En este caso el rizo se riza porque la pretensión de que la película cuadre en la ideología del director y la productora tiene consecuencias críticas en el guion. En las dos horas y media de película no hay ningún motivo que explique el silencio de Holdo. Ni supuestos espías, ni posibles filtraciones. Nada. Su silencio, como el programa ideológico de la película, tiene mucho de provocador.

El problema de Los últimos Jedi no es la innovación. Sus críticos no lo son -no lo somos- porque hayan cambiado las cosas. Ni siquiera por la vertiente comercial -de vender juguetes y maquetas-, que también está muy presente. En el Retorno del Jedi, George Lucas quiso hacer dinero con los juguetes de los ewoks. En La amenaza fantasma, buena parte de la trama residía en intrigas palaciegas y parlamentarias, bastante ajenas al espíritu de los tres primeros episodios. El ataque de los clones nos legó memorables diálogos -en el mal sentido- sobre la arena. Todas las películas de la saga, y muy especialmente las precuelas, innovaron. Cambiaron. Todas recibieron críticas, pero su núcleo central -la universalidad- nunca se puso en tela de juicio. Desde Una nueva esperanza hasta Rogue One, Star Wars había conseguido que el espectador se imbuyera de un espíritu más grande que la vida. Una sensación -religiosa, sí- que hizo de esta saga algo distinto a todas las demás. Un lugar donde pensar sobre el sacrificio, la libertad y la muerte. Donde pensar sobre ellas. Eso es lo que Los últimos Jedi ha perdido. Su deliberado intento de introducir propaganda política, destrozando la coherencia argumental y el bagaje de la saga, ha destruido ese núcleo. Ha terminado con la universalidad. Ha perdido la magia.

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Contra el nacionalismo

Contra el nacionalismo

El 17 de enero de 1995, François Mitterrand pronunciaba su famoso «¡El nacionalismo es la guerra!». Lo hacía ante el Parlamento Europeo. Un órgano, al menos en teoría, que debía representar a los pueblos que habían dedicado su tiempo a intentar aniquilarse mutuamente. Sólo «la superación de la historia», decía el Presidente francés, nos permitiría acabar con las guerras y evitar conflictos futuros.

Ese sueño, el de una Europa liberada de la religiosa morralla identitaria, está cada vez más lejos. Los nacionalistas catalanes, y sus aliados de izquierdas en todo el país, llevan años haciendo creer que este movimiento es diferente a todos los demás. Lleno de amabilidad, democracia y ansias de libertades, el catalanismo se presenta como una fuerza progresista e, incluso, revolucionaria.

No lo es. El nacionalismo catalán, como cualquier otro (el francés, el serbio, el alemán, el inglés o el español) está basado en mentiras y construido sobre racismo, violencia, terrorismo e intolerancia.

Esta mañana, el negocio que los padres de Albert Rivera tienen en Granollers amanecía con una pintada. «Ciudadanos, no es vuestra tierra ni vuestra lucha». Los nacionalistas siempre se arrogan el derecho a decidir quién es digno de pisar el sagrado suelo nacional. Este delirio racista podría ser obra de cuatro chavales con demasiadas ganas de llamar la atención, pero no lo es. El racismo está en la columna vertebral del catalanismo.

Entre los padres del movimientos nacionalista, Domènec Martí i Juliá, fundador de la Joventut Federalista de Catalunya y figura importante en la Renaixença, hablaba de los inmigrantes peninsulares como «degenerados y productos de razas inferiores y además, decadentes».  Ideas similares compartió Valentín Almirall, que declaró la necesidad de «regenerar» Cataluña eliminando «lo postizo que le ha sido impuesto». Joaquim Lluhí y Rissech, político de la Lliga, afirmó también que «el nacer en tierras castellanas y ser tonto de necesidad es una misma cosa».

Esta tendencia racista del nacionalismo catalán no se quedó aislada en un oscuro rincón del siglo XX. Jordi Pujol, antes de convertirse en presidente de la Generalitat, escribió que «el andaluz es un hombre poco hecho (…) que vive en estado de ignorancia y miseria cultural». Oriol Junqueras, antes de ser el segundo hombre del gobierno catalán, publicó un artículo en el diario Avui donde glosaba las diferencias entre el ADN propio de los catalanes y el del resto de la Península Ibérica.

Uno de sus maestros, Heribert Barrera, líder histórico de ERC, llegó a decir que «el cociente intelectual de los negros de EEUU es inferior al de los blancos». Junqueras celebró su figura en los siguientes términos: «Hoy, su testimonio y su determinación en un momento crucial de la historia debería servir de faro y de ejemplo a seguir para sacar adelante un sueño antiguo, la plenitud nacional»

No es de extrañar, por tanto, que con esos precedentes, el nacionalismo catalán acabase tomando cauces violentos para limpiar el país. En 1970, nacía el Exèrcit Popular Català (EPOCA) y, en 1978, Terra Lliure, los émulos catalanes de ETA. El legado de esa violencia es algo que el actual gobierno de la Generalitat no ha condenado por completo. Por ejemplo, Josep Maria Batista i Roca, líder del Frente Nacional de Cataluña, uno de los brazos políticos de EPOCA, da nombre a una calle de Barcelona y a los premios de proyección internacional de la cultura catalana.

Este tipo de cosas no pertenecen al pasado. Carles Puigdemont, presidente de la Generalitat, anunció su intención de convocar un referéndum junto a, entre otros, Carles Sastre. Sastre era miembro del comando de EPOCA que asesinó a José María Bultó en 1977. El actual President sabe mucho de estas cosas. Puigdemont, durante su etapa como periodista en el Punt, participó en la campaña periodística para apoyar a presos y familiares de Terra Lliure y el MDT, otro de sus brazos políticos.

Hoy, el relato histórico del nacionalismo está completamente desarticulado. Sabemos que Casanova defendió Barcelona el 11 de septiembre de 1714 al grito de «La llibertat de tota Espanya». Sabemos que entre las tropas borbónicas también había catalanes. Nadie duda, salvo aquellos que saben la respuesta antes de conocer la pregunta, que el castellano llegó a Cataluña sin imposición estatal. El relato bíblico del nacionalismo es eso. Un cuento. Una mentira para dotar de sentido a las ansias de un determinado grupo de población.

El analista francés Bernard Guetta señalaba la economía como el principal origen de un movimiento como este. «En Cataluña como en Escocia, en Flandes o, en menor medida, en Córcega, pero también en el norte de Italia se han inventado la identidad nacional para camuflar el simple deseo de no compartir las riquezas con otras regiones.» El problema no tiene una explicación así de unívoca, pero es un factor más. Llama la atención que los marxistas de Podemos no presten atención a esto. Quizás no se acuerden del siguiente cartel con tufo a thatcherismo:

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Lo cierto es que Cataluña ha vivido el periodo de mayor autogobierno de su historia en términos políticos, económicos y culturales. Y el origen mismo de esa autonomía, de esa libertad, está en la Constitución donde el pueblo español aparece como soberano. Dinamitar la soberanía es acabar con el origen mismo de la autonomía catalana. Atacar la Constitución y las leyes es luchar contra la fuente de sus libertades que con tanto ahínco protegen.

Nuestra soberanía, la de todos los españoles, refleja una idea: que los distintos tienen la voluntad de vivir juntos. Eso es lo que pretenden atacar. El nacionalismo catalán no está luchando por la democracia, sino por la construcción de un proyecto uniformizador y racista. Un nou país que distinga entre aliados y enemigos. Entre verdaderos catalanes y traidores. El proyecto de separación pretende imponer una «plenitud nacional» que no significa nada salvo odio por el diferente. Ya lo dijo el mentor de Junqueras, Heribert Barrera: «Antes hay que salvar a Cataluña que a la democracia».

La izquierda parece haber olvidado todo esto y hoy se muestra comprensiva con una ideología tan reaccionaria. Por eso es nuestro deber recordarlo más que nunca. No puede contestarse al nacionalismo con su propia medicina. No puede afirmarse la superioridad de «lo español» frente a «lo catalán», porque ambos son conceptos vacíos.

El enemigo de hoy es el de siempre. La superstición y la tiranía de la mentira. La voluntad de separar en base a diferencias lingüísticas, étnicas o de raza. La necesidad de hacer que lo diverso sea uniforme. Contra eso hay que pelear. Contra los violentos, contra los que señalan al disidente por la calle, no cabe la equidistancia, sino la denuncia y la crítica. El nacionalismo catalán no está luchando por romper las cadenas, sino por forjarlas más y más fuertes.

 

Contra el terror: Islam, valores y armas

A cada atentado en suelo europeo le sigue un lamento y veinte preguntas. Por qué nos ocurre a nosotros, qué es lo que tanto odian de Europa, cómo podemos defendernos, quiénes son los asesinos. En España, durante los últimos días, las respuestas se han polarizado.

Por un lado, la sociedad conservadora se echó al monte con la bandera del choque de civilizaciones. #StopIslam fue trending topic a lo largo de todo el jueves. Comentaristas de la derecha, como Isabel San Sebastián, reaccionaron a los atentados invocando el espíritu de Trento y Covadonga. Los musulmanes eran culpables. Son culpables. Y la civilización occidental –cristiana y democrática- vencerá.

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Por otro lado, la sociedad progresista se refugió en los valores. El politólogo Jorge Galindo publicó el viernes este artículo, donde concluye su argumentación citando al escritor y disidente Salman Rushdie:

«El fundamentalista cree que no creemos en nada. En su mirada del mundo, tiene las certezas absolutas, mientras nosotros estamos hundidos en indulgencias sibaritas. Para demostrarle que está equivocado, primero debemos saber que está equivocado. Debemos ponernos de acuerdo en lo que es importante: besarse en lugares públicos, los sándwiches, estar en desacuerdo, la moda vanguardista, la literatura, la generosidad, el agua, una distribución más equitativa de los recursos de la Tierra, las películas, la música, la libertad de pensamiento, la belleza, el amor. Estas serán nuestras armas. No los derrotaremos haciendo la guerra, sino por la forma que elijamos de vivir nuestras vidas sin miedo.»

«¿Cómo derrotar al terrorismo? No se dejen aterrorizar. No dejen que el miedo domine sus vidas. Aunque estén asustados.»

No son las armas, ni la espada y la cruz, lo que vencerán al terrorismo. Serán nuestros valores, argumenta. Salir a tomar cervezas como símbolo de nuestro tolerante estilo de vida otorgará a Europa la victoria final contra el terror.

Progresistas y conservadores se equivocan, aunque por motivos distintos.

Ciertamente, el Islam está detrás del terrorismo. ISIS es un grupo terrorista religioso. Aspiran a la creación de un califato mundial donde no exista más ley que el Corán, donde lo divino esté por encima de lo humano y no exista más pasión que la devoción por Alá. Están dispuestos a expandir la fe en su Dios y a convencer a los indecisos por la fuerza de las armas. Por lo tanto, desligar el Islam del fundamentalismo terrorista es ignorar la fuente más primigenia de su inspiración.

Toda religión cuenta con su legión de irreductibles. Hombres que han encontrado La Verdad en La Idea. Esos que no pueden esperar ni un minuto para disfrutar su paraíso y hacérnoslo disfrutar a los demás. La historia, y el presente, están llenos de ejemplos. Pero también de personas, creyentes, que apostaron por ceder y tolerar.

Por eso el Islam no es único e indivisible. Existe el de los suníes, el de los chiíes, el de los sabios sufíes, el de los pacíficos alevíes turcos y el de ISIS y Al Qaeda. El de los laicos y el de los intolerantes. Esa es la diferencia fundamental. Ese es el combate.

Los soldados del Ejército Árabe Sirio y de las Fuerzas Armadas de Iraq son musulmanes. Los militantes kurdos son musulmanes. Todos ellos están dando su vida para derrotar a ISIS porque son laicos, porque, aunque devotos, han aceptado los límites del respeto. En Oriente Medio se matan suníes contra chiíes, pero también suníes contra suníes. Las cifras lo demuestran. No hay choque de civilizaciones.

La clave de su enfrentamiento no está en la imposición de una religión sobre otra. En medio de complejas redes de poder, lo que se está decidiendo en los campos de batalla de Siria e Iraq es la superioridad del laicismo, de la religión limitada, o de la teocracia. La idea de que los distintos pueden vivir juntos contra los que anhelan el unívoco mandato divino.

Como piensan los progresistas, eso es lo que sitúa a los laicos en el lado correcto de la historia. Por eso hay que apoyar a todas las fuerzas que tengan esa voluntad de convivencia. Pero no basta con eso.

Al contrario de lo que piensa Salman Rushdie, salir a tomar cervezas, bailar en las discotecas y besarnos en público no hará que derrotemos a los terroristas. Rabiarán, despotricarán contra nuestra impiedad, pero no acabará con ellos. El pueblo sirio era uno de los más laicos antes de la guerra. Noticias como esta lo demuestran. Toda esa tolerancia, toda la buena vecindad entre cristianos, suníes, chiíes y drusos no expulsó a ISIS de Palmira.

Las armas lo hicieron. Sólo una sociedad infantil puede pensar lo contrario. Siria es un ejemplo presente y real de ello. No nos salvarán nuestros valores. El trabajo de la policía y el esfuerzo de los pueblos que combaten en Oriente Medio lo harán. El laicismo no se impondrá a sus enemigos por la fuerza de los argumentos, sino de las armas y la ley. Los laicos, sean musulmanes, cristianos o ateos, son aliados en esta lucha global. La libertad siempre tuvo un precio.

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Soldados sirios quemando basura.

Sin indios en Dunkerque: cine y supuesto racismo

El cine es mentira. Quizás para algunos sea una sorpresa, pero es así. Lo que ocurre en una pantalla, las sucesiones de imágenes, los fotogramas, las historias, los sentimientos. Todo. Todo es una mentira maravillosa. Quizás alguien ya esté agitando los puños. «Pero oiga, los documentales.» Los documentales también son falsos.  Sólo tienen mayor apariencia de ser ciertos. Una película documental de dos horas tiene mucho metraje detrás. El proceso de edición y montaje organiza un relato siempre deliberado, nunca casual, que ordena las preferencias y simpatías del espectador hacia un lado. Nada es real en una pantalla. Ni lo son los documentales, ni lo es, por supuesto, la ficción.

El calor del verano parece haber evaporado esta idea de las mentes de muchos espectadores. Medios nacionales, como ElDiario.es, e internacionales, como el Washington Post,  se han hecho eco de los grandes pecados de Dunkerque (2017). La poca presencia de soldados franceses, la ausencia de tropas indias en el ejército británico y el telón negro sobre el enemigo alemán reflejan la maldad de un Nolan que ha sido calificado de racista y patriotero.

La cuestión es que Dunkerque no es una película histórica. El director británico no pretende contar el rescate con todo detalle, reflejando la pluralidad étnica, nacional, sexual y de género. En la hora y media de metraje no aparecen las cuatro compañías de indios que había presentes. Tampoco ninguna mujer, ni siquiera algún homosexual, y es de suponer que habría ambas cosas.

La ausencia de indios, mujeres, franceses o alemanes no responde a ninguna patología. No es reflejo del heteropatriarcado, ni del teórico racismo de Nolan, ni de nada. Es una decisión narrativa. Una medida creativa que es, además, fundamental para la singularidad que representa Dunkerque.

Quien haya acudido a las salas de cine y esté familiarizado con la filmografía de su director lo habrá notado. Interestellar (2014) duraba casi tres horas. Origen (2010), Batman Begins (2005) y sus dos secuelas (2008, 2012) superaban las dos horas y media. En todas ellas, Nolan desplegaba un enorme talento estético que luego complementaba con una vocación más bien discursiva. Es decir, había un esfuerzo titánico en la imagen, pero el peso de la historia lo llevaba la palabra hablada.

Dunkerque ha roto con todo eso. Nolan, que es soberano absoluto de su obra y no tiene obligación de representar a nadie ni de incluir cuotas, ha hecho una película de apenas hora y media donde nadie habla. El silencio antes del bombardeo, los gritos de los amputados, el atronador ruido de los motores y las ametralladoras. Eso es lo único que se escucha.

La película es un arma de precisión. Un artificio hecho para pasar por delante del espectador, arrollar a través de las sensaciones e irse. Por eso no es casualidad que sea tan breve. Por eso las quejas ante la falta de representatividad histórica son absurdas y demuestran incomprensión hacia la función más primordial del cine, que es narrar historias. Ni concienciar, ni encarnar el pluralismo social, ni enseñar historia. Incluso en un documental de tres horas se quedarían cosas sin contar, vidas sin saber, colectivos sin representar. Alguien ofendido y escribiendo en un periódico vanguardia del progresismo.

Nolan no habla del rescate, ni de la II Guerra Mundial. Utiliza la playa como excusa para algo más. Sin estar exenta de carga política, porque nada lo está, Dunkerque cuenta historias de héroes y traumas. De estoicismo y sacrificio para salvar a un puñado de desconocidos. De la guerra y la muerte a la vuelta de la esquina. Habla de cosas que este mundo ya no recuerda y que muchos quieren hacer olvidar. Dunkerque es una historia de cine sobre el ser humano. Eso es todo. Por eso es extraordinaria.

 

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¿En qué has cambiado de idea?

Hace un año leí un post que me ha venido a la memoria con bastante frecuencia durante los últimos días. Lo escribía Pablo Rodríguez Suanzes en su blog personal y llevaba por título ‘¿En qué has cambiado de idea?’. A lo largo del post, Suanzes analizaba la figura del economista Tyler Cowen, explicando su capacidad para pensar fuera de los límites, para cambiar las preguntas cuando las respuestas habían fallado. Uno de sus ejemplos preferidos era una entrada en la que Cowen se planteaba en qué temas había cambiado de opinión durante el último año.

Este año (septiembre-junio, claro) ha sido uno de los más raros de mi vida. No abrí este blog para hablar sobre cosas personales, pero el ejercicio que Cowen y Suanzes planteaban me parecía una manera estupenda de ordenar esos cambios, de explicarme a mí mismo qué ha pasado.

Hace dos años prometí que, cuando acabase el Grado de Relaciones Internacionales, jamás estudiaría comercio internacional. El comercio para los de ADE. Hace un año juré que jamás pisaría un país del Extremo Oriente sin conocer al menos un puñado de países de Oriente Medio y África del Norte.

En doce días me graduaré en un máster de comercio internacional. Estas líneas las escribo desde mi habitación en Guangzhong Road, Shanghai (China) donde llevo estudiando algo más de un mes y medio. No he pisado un país entre Marruecos e Irán en mi vida.

El cine me ha gustado desde siempre. Mi familia ha tenido mucho que ver en ello. A quien no he aguantado nunca es al crítico de cine. Al terminar de ver una película, tengo la mala costumbre de ir a Filmaffinity y ver a Carlos Boyero o Nando Salvá explicando por qué mi sonrisa al salir de la sala debería convertirse en una mueca de asco. O viceversa. En mis sueños húmedos, veía legiones de críticos siendo devorados por monstruos de dimensiones desconocidas, como en La joven del agua, de Shyamalan.

Lo cierto es que a principios del mes que viene saldrá a la venta el segundo número de la revista Orphanik. En ella colaboro con cinco críticas de cine y un artículo largo sobre la obra de John Milius. He dedicado mi año a escribir ocho críticas y a defender con tinta y saliva la labor del oficio. Todo cambio tiene un culpable. Sin Jordi Costa no hubiera aprendido a mirar.

En junio del año pasado, escribí un post en Facebook sobre por qué el Brexit no me parecía tan mala idea. Acababa de leer este artículo de Ambrose Evans-Pritchard en The Telegraph donde argumentaba, no sin una tonelada de dudas, que votar a favor de la salida era votar por la supremacía del parlamento. Por la supremacía de la elección popular frente a la burocracia y la falta de transparencia.

Vi en ese argumento la posibilidad de una oposición democrática a esta Europa. Sin racismo, sin radicalismos, sin demagogia populista. Vi la oportunidad de castigar a la troika por Grecia, por Monti, por los profundos errores estructurales que seguimos pagando hoy.

Sin embargo, el Brexit fue un proceso manchado por el racismo y el oportunismo político. No me engaño a mí mismo, esto no fue como lo de Trump. Muchos avisaron de lo que había detrás y yo pensé que los equivocados eran ellos. Ahora Reino Unido se enfrenta a un clima lleno de xenofobia, con un gobierno que quiere poner límites a la libertad de expresión y aliarse con ultras cristianos. El Diccionario Oxford ha decidido colocar mi foto en la entrada de ‘Whishful thinking’ de su próxima edición.

Hace un año, mis opiniones sobre los deportes hubieran provocado sorderas de aplausos entre los asistentes a la gala de los Globos de oro y la imposición de la Orden del Mérito Meryl Streep. Durante los últimos meses, he visto más partidos de fútbol y baloncesto que en toda mi vida. Incluso escribí esta defensa del deporte hace seis meses. No tengo razones, ni responsables (quizás Adri). Sólo sé que disfruto más.

Son cambios más o menos importantes. Algunos vitales, como la decisión de qué estudiar, otros más banales, pero todos igual de significativos para mí. Parecen cosas sin calado y probablemente lo sean, pero rondan la cabeza de uno a lo largo de los días.

Por ejemplo, llevaba años diciendo que El hombre que pudo reinar era mi película favorita y sólo ahora me he dado cuenta de que es Conan, el bárbaro. Descubrí con horror que apenas había leído a Stephen King y llevo todo el año enmendado ese fallo. A partir de verano saldaré mis deudas con Ian McEwan. También soy más tolerante con muchas ideas, quizás por las dudas, y más beligerante con otras, por culpa de Christopher Hitchens.

Ayer murió Iván Fandiño y Rubén Amón ha escrito una columna a la altura de las circunstancias. El torero, pocos días antes de morir, escribió que ‘nadie encuentra su camino sin perderse varias veces’. Y en eso andamos, en perderse las veces que sea necesario hasta encontrar y entender el camino.

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El cuadro es ‘Laguna de Venecia por la noche’ de Ivan Aivazovsky. Lo descubrí este año y sigo enamorado.

 

La baja cultura según Meryl Streep

Meryl Streep bien puede hablar de lo que le dé la gana en un premio que es suyo. Incluso de política, porque todo es político o susceptible de serlo. Un robot es política, la religión es política y, por supuestísimo, el cine es política. El arte, bajo cualquier manifestación, comparte la visión del mundo de su creador. Sacar el tema en unos premios, como en la cena de Navidad, ya es responsabilidad de cada uno.

Para defender al ‘denostado’ mundo de los actores americanos –denostadísimos millonarios- Meryl Streep reivindicaba el papel de Hollywood como único muro de protección de El Arte.  «No nos quedaría otra cosa que ver que fútbol y Artes Marciales Mixtas (MMA), que no son las artes», dijo mientras el público aplaudía su bellísimo y artístico tono de desprecio.

El problema de la actriz es de desconexión y lejanía con la «baja cultura». Esa distinción repipi entre el «nosotros», que vemos cine, vamos al teatro y escuchamos a Bach, y el «ellos» que ven fútbol y MMA, la podría haber firmado cualquier hípster perfumado que lee el New Yorker en una cafetería gourmet.

Lo que se esconde bajo esa frase es el viejo desprecio –muy muy viejo- contra la cultura popular. La tonta idea de que fútbol y cine son incompatibles. En 1994, José Luis Garci, que ya había ganado el Oscar por Volver a empezar, escribió una serie de crónicas desde el mundial de fútbol de Estados Unidos. El cineasta no intentaba proteger El Arte, ni era un tipo sudoroso que ve en calzoncillos un deporte aburrido. Era un autor contando algo que le apasionaba de una manera auténtica y única. Un partido descrito por Garci es más cultura que algunas mierdas que Hollywood produce.

Igual que el fútbol –americano o no-, el desprecio a los deportes de contacto es el de una élite intelectual que se abruma ante el sudor que no viene del set de maquillaje. Para Meryl Streep los combates de Muhammad Ali contra Joe Frazer y Foreman no son cultura. Son entretenimiento para gordos comedores de hamburguesas. En su mente, los espectadores de MMA son sólo iletrados e imbéciles.

El error de Meryl Streep es el mismo que cometió con Trump. Como en una serie de Sorkin, cree que Hollywood es un grupo de jóvenes idealistas que enseña el camino del Bien al pueblo americano. La América de Hillary. En frente, el cine de Michael Bay y la América de Trump. Fútbol, MMA, tetas gordas y gordos votantes republicanos.

Y, sin embargo, Streep, que es la actriz más grande de su generación, todavía no ha comprendido una cosa. Como en las películas, el fútbol, el boxeo y el MMA cuentan historias. Son hijos de una misma cultura. Tienen relatos donde el Bien tiene que pelear contra el Mal. Donde hay héroes y villanos, donde las luchas son a muerte y el vencedor se lo lleva todo. El deporte, como una buena película, es épica. Es cultura y puede ser arte.

Recuerda, Meryl: «Float like a butterfly, sting like a flee».

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Un cuento de hadas en Nueva York

Se supone que la Navidad es un momento para estar en familia, cantar villancicos, darse regalos y disfrutar en memoria de Jesús. Sin embargo, hace casi treinta años, un tipo llamado Shane MacGowan decidió pasarse esa suposición por sus cojones irlandeses. Fruto de ello nació “Fairytale in New York”, una de las canciones más maravillosas de la historia.

Existen un par de teorías sobre cómo comenzó todo. James Fearnley, que tocaba el acordeón en The Pogues, afirma en sus memorias que  fue su manager, Frank Murray, quien propuso hacer una cover de “Christmas must be tonight”, la canción de The Band. Yo prefiero la historia que cuenta el propio MacGowan. Al parecer, Elvis Costello, productor de los Pogues, se apostó con él que no podría componer una canción navideña para cantar a dúo su mujer, Cait O’Riordan. Me gusta más esta versión porque me imagino a los dos en una taberna de Londres, después de muchas cervezas, gritándose oscuras expresiones gaélicas sobre la profesión de sus respectivas madres.

Así empezó una tortura de dos años. Jem Finer, el bajo de la banda, propuso una historia de amor con el mar de por medio. Su mujer, Marcia Farquhar, calificó la idea de “cursi” y sentó las bases de lo que sería la canción posterior con una nuevo argumento de por medio. MacGowan trabajó con sus ideas sin parar. Mientras hacían una gira por Europa, el grupo vio en el autobús “Once upon a time in America”, la película de Sergio Leone. Por eso la canción empieza con los acordes de la banda sonora de Ennio Morricone.

Para 1986, ya tenían una primera versión, pero no. Aquello no terminaba de funcionar. MacGowan se pasaba horas escribiendo y revisando la canción para que encajase. No estaría lista hasta 1987, cuando The Pogues empezó su primera gira por Estados Unidos. Solo faltaba saber quién sería la voz femenina en el diálogo de la canción, ya que Cair O’Riordan había abandonado el grupo el año anterior. Al final elegirían a Kirsty MacColl, una artista venida a menos que enamoró con su voz al grupo.

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The Pogues. Shane en el centro.

Así acabó la creación de “la canción más complicada que he escrito e interpretado”, según Shane. Pero, joder, mereció la pena todo ese sufrimiento. En “Fairytale of New York”, MacGowan une todas sus influencias. Músicalmente, la canción recuerda a las viejas baladas irlandesas con las que creció y que constituyen una referencia fundamental en su poesía, pero el espíritu es hijo del desencanto del postpunk. De la rebeldía, de la necesidad de recordar que hay navidades jodidas.

MacGowan, alcohólico furibundo, comienza su cuento de hadas con un borracho que mira al pasado mientras en el pub suena The Old Rare Mountain Dew. Así, toda la canción se convierte en algo extraño, entre el sueño, el recuerdo y las mentiras que un tipo se cuenta a sí mismo sobre la vida.

Tras el prólogo, llega una primera parte dorada, llena de esperanzas y sueños por cumplir. Pura Navidad. Un joven acaba de ganar una apuesta 18 a 1. Tiene un presentimiento: This year’s for me and you /So happy Christmas/ I love you baby/ I can see a better time/ When all our dreams come true.

Comienza a cantar su amor. La voz de Kristy MacColl suena como la de una veinteañera enamorada. Una artista llena de sueños, como Naomi Watts llegando a Mulholland. Shane nos dice que era preciosa, que era la reina de Nueva York. Sinatra cantaba, las campanas de Navidad sonaban y el coro de la policía cantaba Galway Bay.

El estribillo suena a gloria, a pura alegría y esperanza por la vida. Y, sin embargo, esa vieja canción sobre la bahía de Galway cuenta también la historia de un borracho harto de su mujer.

La segunda parte de la canción, tras el estribillo de epifanía, comienza con un intercambio de insultos entre los dos protagonistas. Culo, basura, escoria, gusano y maricón. “Feliz Navidad, tu madre. Rezo a Dios para que sea la última”, le dice ella. Algo se torció, algo fracasó en sus vidas. Sinatra ya no canta y sus sueños no son más que vómito tras una noche de borrachera.

Parte intrínseca de fracasar es echar la culpa a otro. No hay un buen fracaso sin algo de resentimiento.  “Podría haber sido alguien”, dice él. “¡También yo” le grita ella. “Tu cogiste mis sueños cuando te encontré”. Y él responde, en un momento brutal de drama, con una declaración de amor que sólo aspira a un desahogo frustrado: “Los puse conmigo, babe. No podía hacerlo solo. He construido mis sueños a tu alrededor”.

Y mientras, el coro de la NYPD sigue cantando Galway Bay al ritmo de las campanas. Ahí fuera es Navidad, como cuando ellos eran un par de enamorados listos para triunfar. El mundo no ha cambiado, pero ellos ya no existen.

La grandeza de este cuento de hadas, además de la epopeya que supuso su creación, reside en ese contraste. MacGowan plantea un mundo blanco, de esperanzas, sueños, amor y Sinatra. La idea de una Navidad pura. Y después de crear esa impresión, se lanza, con una habilidad bella y espectacular, para reivindicar una Navidad de sueños rotos, desamor, insultos y rencores. Una Navidad donde un hombre grita que hizo todo lo que pudo y el mundo le contesta: “No fue suficiente”.

Pura vida, pura aventura

Esta entrada es para el caballero Michael Furia.

Ha sido un día normal en la vida de Conan. Tras fornicar con una bruja que pretendía matarlo, escucha a un hombre encadenado pedir ayuda. Necesita comida para morir en combate cuando los lobos vengan a devorarle. Es Subotai. «Arquero, ladrón, hirkanio». Ha nacido una de las amistades más bellas de la historia del cine.

Así arranca una de las secuencias más magistrales de Conan, el bárbaro (1982). En tan solo tres minutos, John Milius resume su visión de la vida, su forma de entender la existencia. En 180 segundos, este cineasta incomprendido es capaz de reflejar los temas principales de su obra.

La siguiente escena coloca a Conan y Subotai ante la hoguera donde cocinan un animal y hablan sobre los dioses. El bárbaro reza a Crom, aunque éste jamás escucha. Pero claro, uno no puede andar por ahí sin dios. Qué clase de ejemplo daríamos a los niños. Cuando Conan se presente ante Crom, le preguntarán por el secreto del acero. Si falla en su respuesta, será expulsado de Valhalla.  Subotai se ríe de ese dios en la montaña. Él reza al cielo eterno. «Crom vive bajo él».

Milius también cree en Crom, porque ha dedicado su vida al secreto del acero, pero concede la razón a su personaje. La siguiente escena lleva a Conan y Subotai, en un plano de conjunto, a un bellísimo campo bajo el cielo. Un firmamento acompañado de montañas, como si Crom y el cielo eterno observasen severamente a sus dos fieles. Ellos corren porque el sentido de la vida es el viaje, y la música de Basil Poledouris los guía en un éxtasis de colores y acordes hacia la pura vida, la pura aventura.

Conan y Subotai alcanzan su plenitud bajo los elementos de la naturaleza. Unen así la amistad, la camaradería en la búsqueda de hazañas, a la libertad que el hombre solo puede alcanzar sobre tierra virgen. Por eso, enseguida, Milius contrapone esa libertad a la civilización. «Civilización, antigua y malvada», exclama Subotai a la ciudad.

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Conan en medio de pensamientos teológicos.

Conan no conoce ese mundo. Contrasta su presencia, fuerte y unida a las armas, con la de los mercaderes, famélicos y desarmados. El campo se convierte en sinónimo de espacios abiertos, vivos colores y libertad. La ciudad, por el contrario, son callejas estrechas en las que se acumulan los cerdos. «¿Huele siempre así? ¿Cómo entra el viento aquí?», pregunta el bárbaro.

La civilización se ha corrompido y el viento jamás volverá a entrar en ella. Por eso Milius vuelve a llevarnos a la naturaleza, a un cielo rojizo junto a las montañas, y a la música en un nuevo estallido de éxtasis. Los compañeros corren de nuevo en libertad, con la espada y el arco, porque allá donde se dirigen, esa maldita civilización, es donde se hallan los enemigos.

La belleza de esta secuencia tan llena de significado debería servir para reivindicar la figura de su director. Milius no alaba la violencia por la violencia en su cine, como dicen sus críticos. No presenta a Conan como un hombre primitivo y, por lo tanto, gentil y bueno. No dibuja la civilización como corruptora de hombres, pero sí la señala como fuente de olvido. Conan sabe que la vida implica aventura, peligro, violencia en defensa de uno mismo, pero también amistad y libertad en la naturaleza. El resto de hombres lo han olvidado.

Esta es la auténtica esencia de la aventura. Está presente en la película, pero también en los cómics, en las novelas de fantasía, en los juegos de rol, en el heavy metal y en las historias que nos gusta contar a los camaradas que entienden. Detrás de cada amante de la fantasía y la aventura, detrás de cada friki, si quieren, hay alguien que quiere recordar esa esencia, que no se permite caer en el olvido. Hay alguien que anhela los espacios abiertos de Conan y Subotai. Hay alguien que quiere presentarse ante Crom para contestar a la gran pregunta: ¿Cuál es el secreto del acero?

Columpiarse y otras reflexiones sobre Trump

Ayer por la tarde, mientras los estadounidenses iban a votar, escribí una reflexión en Facebook en la que daba por asegurada la victoria de Hillary Clinton. No lo hice sin más. El Proyecto 538 de Nate Silver, que había sido enormemente exitoso en elecciones anteriores, daba un setenta por ciento de posibilidades de que fuera así. La media de todas las encuestas, que había visto en el Twitter de Kiko Llaneras, seguía mostrando una ventaja suficiente para los demócratas. Se equivocaban. Me equivoqué.

Mientras leía comentarios y análisis en internet, me he encontrado un tuit de Roger Senserrich, politólogo del grupo Politikon: «No voy a borrar un solo tuit. Llevo 18 meses diciendo que Trump nunca iba a ganar. Cuando la cagas, la cagas. Se acepta y punto.» Pues eso, cuando te columpias, se acepta y punto. Hay poco más que hablar en este sentido, pero esta mañana, cuando lo que parecía imposible se ha hecho realidad, se me ocurren algunas cosas que comentar.

Como estudiante de ciencias sociales, hay que reconocer que nuestras disciplinas están en el paleolítico inferior. Las encuestas no supieron predecir los resultados de las últimas elecciones en España, no acertaron con el Brexit y se estrellaron contra el flequillo de Donald Trump. Jorge Galindo, otro miembro de Politikon, aceptaba esa premisa esta mañana en Twitter. Al final, lo único que podemos hacer, decía, es ser cautos a la hora de predecir y valorar un análisis a futuro.  Lección aprendida.

Sin embargo, ahora que estamos ante la realidad de un presidente como Trump, la sensación de que todo ha cambiado no se va del ambiente. Muchos escribían durante los últimos meses que no sería para tanto, que este millonario en la Casa Blanca sacudiría los cimientos del Imperio Norteamericano y desataría nuevos procesos políticos que cambiarían para siempre el panorama. Slavoj Zizek, uno de las voces más mediáticas del marxismo a nivel internacional, apuntaba en esa dirección. Quizás, al fin y al cabo, un golpe encima de la mesa es lo que necesita el mundo.

Hace unos meses, a finales de junio, estaba en una casa rural con muy buenos amigos de la universidad. Se celebraba entonces el referéndum en Reino Unido para la salida de la Unión Europea. Yo era el único que apostaba por la salida como una reivindicación de la superioridad del parlamento sobre la falta de democracia desde Bruselas. Creía, sí, en un golpe sobre la mesa que despertase a la Unión. El racismo de los defensores del Brexit me dio igual. Era algo contingente que pasaría.

Me equivoqué. Ya pueden ver que lo hago con bastante frecuencia. El clima político de Reino Unido se ha vuelto insoportable. Se agrede diariamente a ciudadanos extranjeros y los líderes del Brexit se han revelado como un grupo de demagogos y fanáticos. Aprendiendo de este error, comprendí que apoyar a Trump como revulsivo sería un error. Sería una equivocación garrafal descartar la enorme fuerza racista y reaccionaria que hay detrás del nuevo presidente. El cambio que supondría su gobierno con respecto a lo anterior sería lo de menos.

Nuestras democracias necesitan una transformación. Necesitan reformas y, en algunos aspectos, enmiendas a la totalidad, pero no vale todo. No podemos aspirar a la renovación de nuestros sistemas mediante el auge de líderes como Nigel Farage, Marine LePen, Viktor Orban, Jaroslaw Kaczynski, Rodrigo Duterte, Geer Wilders o Vladimir Putin. Los cambios, está bien recordarlo, también pueden ser a peor.

Trump, de momento, es impredecible, pero todos estos caudillos del nacionalismo se han apresurado a felicitarle. No podemos saber lo que va a ocurrir, pero las bases de su éxito han sido las del populismo de derechas más reaccionario. Si algo nos ha enseñado este año es que no podemos predecir el futuro, ni fiarnos del discurso del cambio a cualquier precio. Solo cabe la cautela. Esperar a sus primeros movimientos, sus alineamientos en defensa y comercio, sus enmiendas contra la herencia de Obama y su respeto por las instituciones. No es, digo, el fin del mundo, pero si Trump y el resto de líderes nacionalistas se alinean, los valores más básicos de nuestra sociedad estarán directamente amenazados.

 

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Brujas de la noche

Su cara es la de cualquier abuelita que ofrece té y pastas desde el porche de su casa. Por desgracia, en Rusia hace demasiado frío para esos lujos. Su nombre era Nadezhda Vasilievna Popova. Comandante Popova. Condecorada como Heroína de la Unión Soviética, Estrella de Oro, Orden de Lenin y tres veces Orden de la Estrella Roja.

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Nadya Popova. Fuente: Wikimedia.

Nacida el 17 de diciembre de 1921 en Dolgoye, actual Ucrania, la pequeña Nadya quedó impresionada cuando vio por primera vez un aeroplano. «Pensaba que sólo los dioses podían volar», le explicaba a Anne Noggle, autora de «A Dance With Dead: Soviet Airwomen in WWII». Pero Dios había sido condenado a muerte en aquella Unión Soviética. La historia tenía que ser conquistada por el hombre.

O por la mujer. En 1938, cuando Nadya tenía 17 años, Marina Raskova y otras dos mujeres batieron el récord mundial de vuelo directo y sin escalas. A bordo de un ANT-37 de fabricación soviética, bautizado como Rodina (Patria), viajó a lo largo de los seis mil kilómetros que separan Moscú de Komsomolsk del Amur. La Siberia helada casi le quita la vida, pero su éxito la convirtió en la primera Heroína de la Unión Soviética.

Cuando las tropas alemanas invadieron el país en 1941, Stalin pensó en Raskova para la formación de un regimiento aéreo compuesto por mujeres. El 588 de la aviación soviética, encargado de bombardeos nocturnos, se uniría a los también femeninos 586 y 587. Los alemanes se disponían a cercar Leningrado y se requería un esfuerzo total de la población soviética.

Las voluntarias del 586 y el 588 empezaron a entrenar en Engels, cerca de la legendaria Stalingrado. Garth Ennis, el gran guionista de cómic (Predicador, Hellblazer, Punisher), describe en «Battlefields. Las brujas de la noche» (Aleta Ediciones) el ambiente de esos campos de entrenamiento. Los instructores desconfiaban de la capacidad de aquellas señoritas para matar nazis desde sus aviones. Al fin y al cabo, su media de edad era de 20 años. No tendrían nada que hacer contra los letales Messerschmitt.

Ese recelo de los mandos se manifestó en los aviones que fueron asignados al regimiento 588, en el que se encontraba nuestra joven Nadya. Los Polikarpov-Po2 eran las máquinas que utilizaban los hombres en el ejército para entrenar y estaban fabricados con contrachapado y lona. Apenas podían llevar dos bombas, eran enormemente ruidosos y su velocidad punta era menor que la de algunos aeroplanos utilizados en la Primera Guerra Mundial.

Desde la desventaja, el desprecio y la inferioridad técnica, las aviadoras del 588 salieron en su primera misión el 8 de junio de 1942. Tres aviones con el objetivo de destruir unos cuarteles alemanes. La noche fue un éxito, pero uno de ellos fue abatido. Los Polikarpov eran demasiado vulnerables. Demasiado ruidosos y lentos.

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Polikarpov PO-2. Photo credit: Pavel Vanka via Foter.com / CC BY-NC-ND

Pronto todo eso cambiaría. Crecidas en el peligro, las aviadoras desarrollaron una táctica que aprovechaba los problemas de sus aviones para convertirlos en virtud. A varios kilómetros de sus objetivos, apagaban los motores y volaban en silencio. Sin motor no había ruido. La lona y el contrachapado, a baja altura, no podían ser detectados.

Sin embargo, las luces seguían siendo un problema a la hora de llegar a la zona del objetivo. No podían ser oídas ni localizadas, pero los faros alemanes revelaban su posición. Su solución fue crear grupos de tres aviones. Dos de ellos atraían el fuego enemigo mientras el tercero atacaba. Nadya Popova lo describió como «nervios de acero». Y fue un éxito rotundo.

Cuando los Polikarpov llegaban, los nazis quedaban sin capacidad de reacción. Las bombas estaban en el aire y los muertos en el suelo. Los pocos aviones que partían para dar caza a aquellas mujeres quedaban desconcertados por sus maniobras a baja velocidad que hacían imposible la interceptación.

Con el tiempo, esta táctica se convirtió en una pesadilla para las tropas invasoras. Pronto, las letales aviadoras soviéticas fueron conocidas con el nombre por el que pasarían a la historia: Nachthexen. Brujas de la noche. Los supervivientes de sus ataques afirmaban que en los momentos inmediatamente previos se escuchaba el ruido de un palo de escoba. La propaganda nazi aumentó la idea al afirmar que las temibles brujas tomaban drogas que les permitían ver en la oscuridad.

Durante meses, la unidad combatió sin descanso. Llegaron a realizar hasta 18 misiones en una misma noche, con un total de 30.000. Se calcula que las supervivientes habían completado más de mil misiones cada una. Arrojando casi 23.000 toneladas de bombas sobre ejércitos alemanes. Sus cabezas tenían un precio muy alto. Los pilotos nazis que derribaban el avión de una bruja eran recompensados con la Cruz de hierro.

Aunque las pérdidas del 588 no fueron excesivamente altas, dolían igual. Nadya Popova describió como una «pesadilla» ver a sus compañeras de dormitorio y vuelo morir. Ella tuvo más suerte. Consiguió aterrizar después de recibir en su avión más de 42 impactos y en 1942 sobrevivió a un derribo sobre el Cáucaso. Del total de integrantes, 30 fueron nombradas Heroína de la Unión Soviética.

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Nadya Popova

La leyenda de las brujas es conocida, pero quizá no lo suficientemente universal. Para mí, las dificultades en el Ejército y la capacidad de transformar la desventaja en oportunidad las convierten en uno de los grandes cuerpos heroicos de la historia. Los libros que las recuerdan no son muchos, pero homenajes como el cómic «Battlefields» o la canción «Night Witches», del grupo de powermetal sueco Sabaton en su disco «Heroes», van agrandando el mito de estas mujeres letales.

La historia de las brujas está llena de heroísmo, valentía y superación. Poniendo la vida en riesgo mucho más allá de lo que cualquiera esperaba. Nadya, nuestra protagonista, sobrevivió a la guerra. Tras su caída en el Cáucaso conoció a Semyon Kharlamov, un piloto condecorado, con el que se acabó casando. El hijo de ambos es hoy general de la fuerza aérea bielorrusa. Años después de la guerra dijo unas palabras con las que Garth Ennis cierra la última viñeta de su historia:

«A veces, cuando la noche es extremadamente oscura, permanezco fuera de casa y miro al cielo mientras el viento mesa mis cabellos. Contemplo la oscuridad y cierro los ojos. Me imagino una vez más allá arriba, en mi pequeño bombardero, cuando era joven. Y pienso: “Nadya, ¿cómo lo lograste?”».

Beneath the starlight of the heavens
Unlikely heroes in the skies
Witches to attack, witches coming back
As they appear on the horizon
The wind will whisper when the Night Witches come!