En Portugal: un mundo que preservar

Espinho es una ciudad de unos treinta mil habitantes situada al norte de Portugal y unos 20 kilómetros al sur de Oporto. Tiene una de las playas más bonitas de la zona y recibe durante la temporada a varios miles de turistas que vienen de todo el mundo.  La ciudad está dividida en tres zonas más o menos diferenciables: el norte, donde están los hoteles más grandes, el casino y las grandes cadenas de restaurantes; el sur, con casas bajas pegadas al mar y la lonja de pescado; y el interior, esencialmente residencial, donde los antiguos palacetes medio derruidos se combinan con bloques de apartamentos.

Pasear por la zona sur es visitar un lugar en el que el tiempo no ha terminado de pasar. Un lugar en el que la modernidad puede convivir perfectamente, a muy pocos centímetros, con la decadencia y cierta pobreza. No hay conflicto entre ambas, sino tolerancia. En Portugal, como en Espinho, el casino y la lonja son dos caras de la misma moneda. Dos mundos separados por un pequeño canto.

Por la mañana temprano llegan las primeras embarcaciones a la lonja. Son barcas grandes, donde entran unas cinco o seis personas, sin motor aparente y decoradas con vivísimos colores. Los habitantes de Espinho acuden a comprar el pescado recién sacado y charlar con los vendedores. «¿Has salido tú a pescarla?», le pregunto a una vendedora. Se ríe: «No, no. Mi hermano y mi padre. Son de aquí de toda la vida», dice mientras señala un café de pescadores.

Los tipos que salen de allí están lejos de cualquier idealización. La ropa sucia y raída, la gorra de Bob Marley y unos cigarrillos que desprenden un humo negro sin fisuras. No sé sabe si ellos mismos son tan negros por un gen portugués o por el sol que pega entre las nubes grises, pero podrían pasar perfectamente por marroquíes o argelinos.

Al poco, salen en tropel del café. Llegan dos embarcaciones más. Arrancan los tractores y las remolcan playa adentro. Traen dos cuerdas largas que penetran en alta mar. Rápidamente, las atan a una máquina de engranajes que empieza a tirar de ellas. La operación la manejan los compadres del café y el tractor lo conduce un pescador sin brazo derecho que da consejos a un chaval pequeño. «Tira de aquí, empuja aquí, muévete». El chaval es su hijo.

Los turistas nos juntamos a ver qué ocurre. «Antes se tiraba con las manos. Luego se empezó a utilizar a los animales, pero ahora tiramos con las máquinas». No es como en los viejos tiempos, pero lo parece. La cuerda sigue recogiéndose durante casi una hora hasta que nos mandan retirarnos. En ese momento aparece una red gigantesca. En su interior, cientos o miles de peces que se sacuden los últimos resquicios de vida. Nuestro chaval, el aprendiz, se apresura con los mayores a abrirla. Los espectadores tienen permiso para coger algún pescado, pero la mayoría va a los restaurantes, que desde primera hora de la mañana se han llevado carretillas.

espinho
André Ferreira/Flickr.com.

Hay dos o tres buenos sitios en la zona de pescadores. No son restaurantes con cartas cuatrilingües como los del paseo marítimo. San Pedro y Casa Locas son los mejores. El primero tiene la carta en portugués. El segundo ni siquiera tiene. Al mediodía y por la noche la gente hace cola para comer allí.

En Locas, el dueño, un tipo de cara seria, se acerca a comentar los platos que hay. «Pulpo, rodaballo, lubina, dorada. Lo que quieran, pero con tranquilidad». Tarda todo una media hora de promedio. «Ustedes esperan con paciencia y el pescado luego estará bueno». La magia no se hace en la cocina, sino en tres parrillas que manejan con maestría un tipo gigante y un chico cojo. Van y vienen con pescados de primera y alternan los gritos con cigarrillos.

Somos los últimos en el restaurante. Los españoles siempre vamos por detrás en hora de comer y en otras muchas cosas. Llevamos un par de días comiendo allí y el dueño ya saluda a mi abuelo como a un camarada. Se acerca a despedirnos y a comentar la comida.

Es un tipo serio pero sonríe para agradecer los piropos. Es el jefe desde hace sólo año y medio. Se lo dejó un amigo que «partió». Portugal es un pueblo de mar y los amigos no mueren. Sólo parten. Nos explica que es feliz con esto, porque la vida es muy corta y la política lo ha corrompido todo.

«¿Pero no se nota el cambio de gobierno aquí?», le pregunto. «Sí, ahora está la izquierda, pero es muy difícil. Esto es una mafia que manda esté quien esté. El ministerio de finanzas, ¿sabe? Siempre quieren más, siempre vienen a pedir más impuestos y a espiar cuánta gente hay en la terraza y cuánto pescado vendemos. Siempre amenazan y no entienden que esto en invierno está desierto. Es difícil acabar con eso porque siempre ha sido así».

El gigante de las parrillas nos da una opinión similar al día siguiente. «Es que entre la Merkel y demás…» dice uno de los comensales. «Pero no es solo la Merkel. Los de aquí son lo peor», dice él. El gobierno prometió bajar los impuestos, pero ha sido mentira. La fatalidad siempre es la nota dominante en la conversación política de los portugueses. «¡Ah, España y Portugal! ¡Antes eran dueñas del mundo y ahora el culo de Europa!» nos dijo un camarero el primer día.

El gigante lleva veinte minutos hablando con nosotros y el jefe se une. Viene a despedirse, porque al día siguiente nos vamos a Madrid. Es lunes por la noche y ya sólo quedan un par de mesas con gente.

«Arsenio, es usted el rey de España», le dice a mi abuelo entre carcajadas de los dos. Al levantarnos nos decimos adiós casi entre abrazos. Nos desean buen regreso y pronta vuelta a Espinho. Nosotros les pedimos que no cambien nunca, que no vendan su originalidad. Que sigan siendo el barrio de pescadores. «Esto no va a cambiar. Esto no es como España, que es mucho más comercial. Allí venden poniendo todo igual. Aquí vendemos porque nos gusta tratar bien a la familia. La gente de este país es como una familia», nos dice el jefe.  Tanto, tanto es así, que cuando no tienen algo que pide un comensal, son capaces de sacarlo de su propia bolsa de la compra.

De vuelta en Madrid, con un calor infernal que aumenta la nostalgia por la niebla de Espinho, uno ve la diferencia. Los bares del centro de Madrid son todos iguales. En todos se juntan setenta platos «tradicionales españoles» y otros setenta extranjeros, para que el visitante se sienta como en casa. Lo que se encuentra en ellos podría encontrarse en casi todas las capitales europeas de una u otra manera. Se ha anulado cualquier singularidad. Todo son bares de sishas, mojitos de olores sospechosos y paellas incomestibles.

En Portugal lo viejo y lo nuevo conviven. El apartamento y el palacio derruido; el barrio de pescadores y el casino. No, no digo que sea lo mejor. Portugal es un país, en buena medida, muy pobre. Y sus habitantes no quieren ser singulares, sino disfrutar de oportunidades, trabajo y libertad. Sin embargo, espero que su camino hacia un futuro mejor no los convierta en otra copia, en otro bazar de restaurantes de turisteo. Espero, con todo mi corazón, que el futuro brillante que merece Portugal no se lleve por delante, al menos no del todo, esos bellos rincones de sus pueblos.

Estos años, estos héroes: un homenaje a la aventura y la fantasía

«Los hombres civilizados son menos corteses que los salvajes, porque saben que pueden ser maleducados sin que les rompan la cabeza». La frase la escribió Robert E. Howard en La torre del elefante, un grandioso relato de Conan, y se ha repetido y citado ad nauseam por todas partes. Sin embargo, es una gran frase. Vivimos en el mundo de la globalización, la libertad de la apariencia y la civilización mundial, donde no existen lugares fantásticos y terribles como los que imaginó Howard. Quizás nunca existieron salvo en nuestra imaginación y la literatura.

En los libros de aventuras y fantasía es donde más veces he tenido algún tipo de revelación. Esa sensación, mientras pasaba las páginas de una novela, de decir: «Por Crom, ¿dónde había estado este tipo toda mi vida?». Disfruté mucho con la trilogía de los mosqueteros, pero Sabatini gustó todavía más. «Nació con el don de la risa y la intuición de que el mundo estaba loco. Y ese era su único patrimonio». Joder, es el mejor comienzo de historia jamás escrito. Scaramouche es una novela maravillosa. Espadachines en la Francia revolucionaria y unos personajes para el recuerdo, como el maestro de esgrima, Doutreval de Dijon, y el terrible Señor de la Tour d’Azyr.

De maestros y malvados están llenas las páginas de libros de aventuras. Mi malvado favorito es, sin lugar a dudas, el Rupert de Hentzau que describió Hope como: «incansable y receloso, elegante, guapo, vil e invicto». Ahí es nada. El prisionero de Zenda me gustó menos que El capitán Blood, de nuevo Sabatini, pero en ningún lugar, salvo en Ruritania, encontraremos nunca un malo mejor. Y para maestros, España. El Jaime Astarloa de El maestro de esgrima es de mis personajes preferidos. Es el típico héroe revertiano, como Alatriste. Cansado y descreído pero cumplidor. Resistente en un mundo en cambio al que ya no pertenece. El último hombre que tuvo honor.

De honor sabía mucho Conrad, un tipo al que he leído menos de lo que debería y menos de lo que querría, y lo que yo querría es menos de la mitad de lo que Conrad se merece. Lo cierto es que El duelo es una novela corta estupenda para leer en verano. Bajo la apariencia de dos tipos que intentan matarse por media Europa, vemos ese mundo que agoniza tras las guerras napoleónicas. También disfruté El corazón de las tinieblas, que es una de las mejores novelas jamás escritas. Y de mis favoritas, aunque no sé si he terminado de entenderla alguna vez. Por cierto, las adaptaciones al cine de estos dos libros también son maravillosas: Los duelistas (1977) de Ridley Scott y Apocalypse Now (1979) de Coppola con guión de John Milius.

Sin embargo, la auténtica institución literaria en mi familia, cuando se habla de aventura, es Vicente Blasco Ibáñez. Este valenciano fue el escritor bestseller más internacional del primer tercio del siglo XX en España. Aunque sus historias costumbristas, tipo Flor de mayo o Cañas y barro, me han interesado menos, sus novelas de aventuras son espectaculares. Uno no puede perderse Mare Nostrum, un homenaje al Mediterráneo con la Primera Guerra Mundial de fondo; Sónnica la Cortesana, sobre el asedio de Sagunto por los cartagineses; o En busca del Gran Khan, en torno al descubrimiento de América. También es fantástica La Catedral, que resume toda una visión de la historia de España; o Los cuatro jinetes del apocalipsis, que escribió en plena Gran Guerra como corresponsal en Francia, intentando servir a la causa de los aliados.

Volviendo a la literatura fantástica, mi amigo Adrián siempre dice que me gusta cualquier cosa en la que haya tipos con espadas. Y probablemente lleve razón. La última epifanía en esta línea ha sido la de Robert E. Howard, el creador de Conan el Cimmerio. Aunque había leído algunos de los cómics de Thomas y Windsor, y creo que Conan el Bárbaro (1982) es una de las grandes películas de aventuras de la historia, nunca me había acercado a los libros. El primer volumen de las aventuras del héroe es de las cosas que más me han impresionado nunca. Va más allá del tópico «civilización mejor que barbarie». Howard, un escritor de historias pulp, demostró a través del personaje heroico una lectura de la historia que suena a Carlyle y que ya le gustaría a algunos politólogos teorizar.

Las bases que sentó Howard, creo, están desarrolladas en otros libros que he disfrutado mucho como la saga Canción de Hielo y Fuego, de George R.R. Martin, especialmente a la hora de configurar las civilizaciones y mundos, y en Primer libro de Lankhmar, de Fritz Leiber, en el arquetipo del héroe que encontramos en Fafhrd. Y rodeando a todas ellas, claro, la Tierra Media de Tolkien, que es para hablar largo y tendido en otro momento. En todas estas historias hay tipos con espadas, pero son algo más. Detrás encontramos siempre una comprensión más profunda de la naturaleza humana y de la historia mundial. Creo que merece la pena mirar más allá de los músculos y la sangre.

Fue precisamente Leiber quien inspiró a un joven británico en la construcción literaria de Ankh-Morpork y su gremio de ladrones. Durante el primer año de carrera descubrí esos lugares y personajes, residentes en el Mundodisco de Terry Pratchett. Y madre mía, eh. Quien lo probó la sabe. Hablar de la mejor saga de humor y fantasía de la historia en un párrafo es un crimen digno de ser perseguido por la Guardia de la Ciudad y castigado por la Exquisición. Hay varios artículos estupendos explicando qué leer y cómo leer el Mundodisco. Aunque mis favoritos son los de la Guardia y las Brujas, baste sólo este párrafo de Brujas de viaje, que debería ser de obligada lectura en las facultades de todo el mundo:

«Los finales felices están muy bien siempre que resulten felices por sí mismos, pero no los puedes fabricar para los demás. Es como pensar que la única manera de garantizar un matrimonio feliz es cortar la cabeza a los novios en cuanto dicen “Sí, quiero”.»

Durante estos cuatro años de carrera, los libros de aventuras y fantasía  me han alegrado días muy negros. No, no voy a idealizar la vida universitaria porque haya viajado y salido más. Ha habido días buenos y días malos, pero éstos últimos han sido más llevaderos gracias a mis héroes. Quizás esos lugares que imaginaron Howard, Tolkien, Martin, Leiber y tantos otros sólo existen en nuestra imaginación o en la literatura, pero quiero pensar que construyeron fortalezas en las que protegernos. Crearon los lugares en los que, al menos durante unas horas, podemos liberar las hordas bárbaras y sacudirnos tanta civilización y tanta realidad, aunque sean imposibles de olvidar. Crearon los lugares donde hacer cierta la máxima de Howard en La reina de la costa negra:

«Que la vida es una ilusión, que yo no soy más que una ilusión, y ella, por consiguiente, es una realidad para mí. Estoy vivo, me consume la pasión, amo y mato; con eso me doy por contento».

Al final, y creo que era lo que Howard pretendía con su obra, la literatura fantástica nos proporciona refugio en el declinar de la civilización. Nos hace bárbaros por momentos, pero no nos convierte en ellos. Nos libera del caos, pero nos mantiene atados a la realidad, sin permitirnos caer en él. Nos recuerda lo que fuimos, somos y podemos ser. Creo que, de alguna manera, nos hace un poco más libres.

Robert_E_Howard_suit
Robert E. Howard.

Cabalgar hasta el infinito

Es una verdad universal e indiscutible que una carga de caballería es lo más bello que puede ser jamás rodado. No sé las razones técnicas y por eso no voy a explicarlas. Pero está ahí. Los caballos cargando, las caras solemnes o desquiciadas de los jinetes. Lanzas listas y corazones preparados para dejar de latir. Todo. Todo el conjunto, con un poco de pericia del director, hace de una simple acción algo glorioso.

Probablemente, la primera gran carga de la historia del cine fuera “La carga de la brigada ligera”. Una historia basada en hechos reales, en la que Errol Flynn interpretaba a Lord Lucan, el oficial británico al mando de la caballería durante la batalla de Balaclava en 1855, durante la Guerra de Crimea. En ella cargó con más de seiscientos hombres durante kilómetro y medio bajo fuego ruso hasta alcanzar su objetivo. Una acción tan suicida como exitosa que, por cierto, acabaría sirviendo a Iron Maiden para escribir la canción The Trooper.

En la película de 1936, dirigida por el gran Michael Curtiz, podemos ver buena parte de los elementos que otras películas recuperarían en el futuro. Planos frontales de todo el batallón cargando, planos en movimiento de las patas de los caballos en plena acción, planos laterales de los soldados desplegando armas y banderas. Y sus caras. Las caras de concentración mientras los proyectiles rusos masacran a sus compañeros.

La manera en la que se rodó fue un hito técnico y sentó un precedente en la forma de narrar algo tan heroico, y sucio y mortal, a través de fotogramas en movimiento. Pero faltaba Waterloo, esa película arrinconada en la historia por su sonoro fracaso. Tan sonoro que provocó que Kubrick echase para atrás su proyecto de Napoleón. Una de esas grandes películas jamás hechas.

La carga de la caballería británica (qué bien cargan los putos británicos) en los campos belgas añadió un elemento fundamental: la cámara lenta. Suena la trompeta, aunque ninguna trompeta ha sonado mejor que la de La legión invencible de Ford, sobre un fondo de sangre, y miles de húsares enfundados en casacas rojas, enfocados frontalmente, arrancan a cabalgar. El ritmo se acelera y los caballeros surgen por encima de una loma. Todo parece igual. Errol Flynn está a punto de salir de nuevo. Hasta los cañones silban igual. El ritmo es irrefrenable y los caballos ya son sólo una masa. Vemos los rostros de Wellington y Napoleón.

Y entonces ocurre. El ruido cesa y todo se para. Los húsares aparecen de lado, cargando en línea y con las armas en alto. Hasta que los vemos venir de frente. Directos hacia nosotros bajo una música lenta, lenta y nostálgica. Entonces todo vuelve a precipitarse. Los caballos aceleran, los franceses cargan, los generales dan sus órdenes y llega el caos.

Hay una dignidad en todo esto. En los momentos previos, cuando el soldado sabe que sólo unos pasos lo separan de la aniquilación inmediata. La serenidad de los caballos, que resoplan y miran a los lados, dota a esos instantes de una épica increíble. Lo vemos en El Señor de los Anillos, cuando los rohirrim forman liderados por su rey ante la llanura de Minas Tirith. O en El reino de los cielos, cuando los caballeros cruzados se enfrentan a una fuerza mucho mayor a las puertas del Krak. No hay histeria, no hay horror. Sólo serenidad y una convicción. Una voz que se extiende desde los bosques germanos y dice: «Lo que hacemos en la vida tiene su eco en la eternidad”.

Entonces empieza todo. El movimiento se vuelve horizontal. Sólo las banderas permanecen en pie. Las lanzas de la caballería pesada inglesa en Braveheart se extienden a lo largo de todo el plano. La katana de Katsumoto en El último samurái nos muestra el camino. Las espadas cruzadas apuntan al enemigo.

Y los cañones vuelven a tocar como si el eco de Balaclava no se hubiera extinguido desde aquella película del 38. Los últimos samuráis se enfrentan a los proyectiles que pretenden arrebatarles su papel en la historia. Los soldados de la 4ª Brigada Ligera, en The Lighthorsemen, atacan contra los morteros otomanos en la Palestina de 1917. Y explotan el suelo y el aire.

Todo se vuelve lento y parece detenerse en el tiempo. El impacto está muy cerca de llegar. Es esa escena en La Batalla de los bastardos, cuando Jon desenvaina y espera. Cuando los caballeros del Valle, enfocados desde el frente, bajan las espadas y cabalgan contra el enemigo. No hay tiempo. Todo es recreación en cada movimiento del caballo, en la posición del arma, en el barro saltando. En el gesto desquiciado de Theoden, el furioso de Katsumoto o el sereno de Ballian.

Con el choque llega la masa y la sangre. Los planos normalmente se alejan. O despegan de la batalla nada más entrar en contacto. El heroísmo ha acabado. Sólo queda la muerte, la sangre y el barro. Los reconocimientos serán después, limpios y ante la reina. Porque una carga de caballería es lo más bello en su preparación y lo más horroroso en su ejecución. Lo más temible.

«Un hombre. Sus caballeros». Eso es todo lo que vemos en esas escenas. No importa si es en Roma, la Edad Media, el siglo pasado o en la Tierra Media y Poniente. Las cargas de caballería nos cuentan la historia de hombres en los que nos gusta reconocernos. Nuestros días quizás son más cómodos que los de aquellas eras de oscuridad o fantasía. La comida está en la mesa y la ropa en el armario, pero en el fondo de nuestros corazones de burgueses anhelamos un mundo así. Un mundo en el que la fuerza se enfrente al lado oscuro. En el que los héroes lleven la luz contra la oscuridad.

Porque al final es eso. Las cargas de caballería, con toda su épica, nos hacen creer en una llanura en la que poder cabalgar contra un enemigo que nos triplica en número, con buenos amigos en los flancos, y una voz que repite incesantemente: “Lo que hacemos en la vida tiene su eco en la eternidad”.

¿Cuándo se marchita su gloria?
¡Oh qué carga tan valiente la suya!
Al mundo entero maravillaron.
¡Honrad la carga que hicieron!
¡Honrad a la Brigada Ligera,
a los nobles seiscientos!”

Lord Tennyson

cargabrigadaligera3617

Bone Tomahawk y La Bruja: ¡viva el género!

No, no hay spoilers.

Nadie puede sostener hoy, al menos sin recibir una visita de mis padrinos, que el cine de género está de capa caída. O que es baja cultura. El western, el terror y el western de terror están de moda. Están en nuestras pantallas. Y traen una calidad absolutamente asombrosa. En los últimos meses, Bone Tomahawk, de Crieg Zahler, y La Bruja, de Robert Eggers, me han hecho recuperar la fe en el cine, si es que en algún momento la había perdido.

Ambas películas son la opera prima de sus directores. Aunque habían trabajado en algunos cortos, Zahler y Eggers se estrenan ahora por primera vez en un largometraje. Y el trabajo no podría ser mejor. La crítica no ha sido capaz de decir nada malo de estas historias, salvo algún meapilas escandalizado con la cantidad “innecesaria” de violencia en alguna de ellas. Como si el Señor nos hubiera prescrito la dosis exacta de sangre que una película puede mostrar.

Bone Tomahawk es un western. Y también una película de terror. Parece una canción de Ghoultown o  el producto de una noche loca entre Tarantino y Hawks. En pleno oeste americano nos encontramos con sombras, espectros y tipos que se comen a otros tipos. El ambiente me recuerda al que Roland atraviesa en la saga de La torre oscura, de Stephen King. Pero no es sólo eso.

El sheriff Hunt, con un gran Kurt Russell, es una suerte de John Wayne. A caballo entre Centauros del desierto y Valor de ley. Es un tipo descreído, curtido y jodido en mil batallas, que tiene que salir hacia el corazón de las tinieblas para buscar a una joven. Sus compañeros, el resto del reparto central de la película, están más que bien. Matthew Fox haciendo de un gentleman sanguinario, con pocas ganas de hablar y muchas de agujerar cuerpos indios; Patrick Wilson, para mí el más flojo, como un cowboy clásico, enamorado y herido que sale a buscar a su mujer; y, finalmente, Richard Jenkins, un entrañable anciano.

Jenkins protagoniza una de las escenas más enternecedoras de la película cuando habla de sus dificultades para bañarse mientras lee un libro y cómo un atril solucionaría todos sus problemas. Deadwood y esta película nos han enseñado el valor de los viejos tiernos en el lejano oeste. Aunque, sin ninguna duda, el punto álgido de la historia llega cuando el espectador se encuentra ante un pormenorizado documental sobre las costumbres culinarias de ciertos nativos americanos. Eso sí que es pura vida y no los anuncios de Estrella Damm.

El hecho es que Zahler crea un producto que no es novedoso, pero sí genial. Y se agradece. Hacía mucho que un western no tenía este nivel de truculencia y épica, con una galería de personajes atractivos que no son una panda de imbéciles como en El llanero solitario. Bone Tomahawk es puro pulp, es puro terror y pura épica. Puro cine.

La Bruja, mientras tanto, es una sorpresa maravillosa. Cualquiera esperaría, dado el historial de Insidious y cosas parecidas, una película de sustos constantes donde el espectador está dando saltos desde el primer momento. No, La Bruja es una cosa mucho más sutil, más elaborada y más perfecta.

La historia se ubica en un pequeño claro de bosque de Nueva Inglaterra al que acabé teniendo verdadero pánico. Ahora, cuando veo un conjunto de árboles o paso cerca del Retiro, tengo que cogerle la mano a la persona más cercana, lo que me ha ocasionado algunos problemas incómodos. Es en ese ambiente donde trabaja Ralph Ineson, que está prodigioso. Si  La Bruja tratase los problemas de sexualidad de la clase media urbana de California, o algo así, Ineson sería candidato al Óscar. Pero claro, un cristiano fanático dispuesto a quemar en la hoguera a toda la humanidad por brujería no es el clásico papel premiado.

Junto a él, Kate Dickie hace maravillosamente de madre loca, papel con el que ya nos había deleitado en Juego de Tronos como Lisa Arryn; y la joven Anya Taylor-Joy, prácticamente una desconocida hasta ahora, cumple de sobra como Thomasin, la protagonista. Hay más chavales, trigo, gallinas y cabras, que están muy bien también.

Todos ellos, incluido el bosque, consiguen crear una esfera de tensión desesperada y expectante que yo no había vivido nunca en una sala de cine. El espectador está, literalmente, hora y media sobre la butaca con el corazón en la boca, la piel temblando y los ojos fijos en la pantalla. No, no hay sustos. La película, la historia, todo es un gran susto que culmina en un magistral y escalofriante final. Jamás, jamás había estado tan aterrorizado como con ese: «What is what thy want?»

Hay que echar de menos los clásicos y la edad dorada de Hollywood, pero eso no nos puede impedir amar el cine que se está haciendo. Y muy especialmente si lo están haciendo directores jóvenes sobre temas “malditos” y considerados género menor. La Bruja y Bone Tomahawk son historias bien construidas. Y lo que es más importante: son proyectos en los que el director y los actores creen. Esa es el alma de las buenas historias. Del gran cine.

bone_tomahawk-156276528-large
Bone Tomahawk. Photo: Caliber Media Company/The Fyzz Facility/ Realmbuilder Productions
the_witch-480212918-large
The Witch. Photo: Code Red Productions/A24/Pulse Films/Scynthia Films/Rooks Nest/Maiden Voyage Pictures/Mott Street Pictures

De sacerdotes, héroes y amigos

Recuerdo que era Viena y llovía. Yo tenía once o doce años y estaba allí con mis padres y mi abuela. El típico viaje familiar pateando la ciudad de arriba abajo. La calle se quedó desierta y la gente se resguardó en las tiendas y los cafés que había a los lados. Los refugios cercanos se masificaron rápidamente y, como ha sido tradición en España durante siglos, sólo nos quedó acogernos a sagrado.

La iglesia estaba en algo parecido a una plazoleta. Y creo que era blanca por fuera. Nos sentamos los cuatro en un banco y descansamos las piernas durante un rato. El edificio estaba casi vacío, salvo por una figura. Allí estaba aquel tipo. Era joven y bien peinado. Llevaba sotana y sus ojos tenían la fuerza necesaria para devolver Jerusalén a la cristiandad.

Nos miró y dijo que el edificio estaba a punto de cerrar. «Perdonen, pero ha ocurrido un imprevisto y tenemos que cerrar antes». Nos miramos extrañados. “¿Cómo ha sabido que somos españoles?”, nos preguntamos. “Si no hemos dicho ni una sola palabra”.

Estuve dando vueltas a aquello durante días. Los libros de Dan Brown habían estado muy de moda por aquel entonces. Esos en los que la Iglesia ocultaba algún secreto milenario y el protagonista tenía que pelear por sacarlo a la luz y demás. Ya sé que son una mierda pero, para un chaval preadolescente que lee todo lo que cae en sus manos, un  thriller es lo que es.

En aquel cura español de Viena imaginé a todos los protagonistas de aquellas novelas. Era el Silas de El Código Da Vinci, el camarlengo de Ángeles y demonios y el cura investigador de La Herejía de Sardou. Era Galcerán de Born y era el templario de Iacobus, la maravillosa novela de Matilde Asensi. Me alejé de la iglesia pensando que la cerraba para un cónclave secreto, o para adorar al Grial, o para tender una trampa a un enemigo. Que la verdad no te estropee una bonita historia.

Unos años después me reencontré con él en las páginas de El nombre de la rosa, como Adso de Melk, y en ciertas historias y folletines de Galdós y Blasco Ibáñez. También en La piel del tambor, la novela de Arturo Pérez-Reverte. Aquel padre Quart, sacerdote y letal asesino al servicio del Papa, me traía de nuevo la cara del misterioso cura de Viena.

De alguna manera, un encuentro tan casual, tan nimio, me marcó para siempre. Aquel físico, aquellos ojos, aquellas formas. Fue la primera vez que encontré en la realidad a un personaje de mis novelas. Un cura no podría ser ya un cura. Sería un agente secreto, un espía o un asesino moviéndose entre la intriga y el misterio, la conspiración y la aventura. Entre lo despiadado y lo bondadoso. Pero jamás un simple sacerdote.

Hace menos de un año, un buen amigo me dijo que pensaba tomar los hábitos. Sí, así sin más. Desde entonces, cuando hablamos del tema, me cuenta las cosas que hace su orden por el mundo. Las misiones, los comedores, los voluntarios, los asistentes, los hospitales… todo eso de lo que él quiere formar parte. Y sin embargo, cuando le miro, pienso: «Qué cabrón, mira como se calla la parte secreta».